Preach My Psalter / Predica Mi Salterio

ROSARY APOSTOLATE OF THE ORDER OF FRIARS PREACHERS / APOSTOLADO DEL ROSARIO DE LA ORDEN DE FRAILES PREDICADORES

     Greetings, brothers and sisters, sons and daughters of Our Lady of the Holy Rosary!  Last year, in October of 2021, I established the first annual “Preach My Psalter” October Rosary Initiative for the Deceased Dominican Friars of the Province of Saint Martin de Porres.  In doing so, I formed this Rosary initiative as a prayer ministry, a ministry of mercy, for the spiritual good of these deceased Dominican friars.  For this reason, after announcing this initiative last October, I hoped people would be inspired by God to join me in this ministry of mercy by becoming Rosary intercessors for them. Indeed, I hoped they be moved by God to intercede mercifully for them to Jesus through Mary by praying the Rosary for them, particularly for their purification in the afterlife. 

     Providentially, in 2021, 140 people, acting under the inspiration of God, joined me in this first year of the October Rosary initiative by praying the Rosary for the 124 friars who had died as members of the Saint Martin Province. During the first year of this initiative, each person signed up to pray for at least one of these deceased Dominican friars.  In fact, many of them signed up to pray for multiple friars who had died.  In this ministry of mercy, they used the Rosary to prayerfully help Dominican friars who may have died imperfectly in the grace of Christ.  In this sense, during this first year of the initiative, they mercifully offered prayers for them to Jesus through Mary, Our Lady of the Holy Rosary, hoping they would be perfectly purified for Heaven by the grace of Christ.

     Moreover, in 2022, the Province of Saint Martin de Porres lost four Dominican friars, including Friars Don Dvorak, Bob Burns, William “Chief” McDonough, and Roger Shondel. As a result, as of October of 2022, 128 Dominican friars have died as members of the Province.  Thankfully, eight lay people have already signed up for the second annual October Rosary initiative for deceased friars.  In doing so, they have raised the number of Rosary intercessors in the registry to 148. 

     As I begin announcing this October Rosary initiative for deceased friars in this second year, would you consider signing up as Rosary intercessors for them? If so, please message me, by email, if you intend to sign up either for one year, three years, or perpetually.  This is my email address: frmarianovelizop@preachmypsalter.com.

     After signing up as Rosary intercessors, you would offer three Rosaries for each deceased friar annually.  In the first place, you would pray one Rosary (5 decades) for each friar on the anniversary of the date of his death.  Secondly, you would offer a second Rosary for each friar on the Feast of Our Lady of the Holy Rosary (October 7).  Finally, you would recite a third and final Rosary for each friar on All Dominican Souls Day (November 8). For this reason, if you sign up to pray for three deceased friars, you would offer three Rosaries for each of them annually.  This means that you would pray nine Rosaries for them each year. 

     Last of all, do you have any Roman Catholic family members or friends who would be interested in signing up for this October Rosary initiative for deceased Dominican friars?  If so, please have them email me.  They would send me their full name, city, and state, including their intention to sign up either for one year, three years, or perpetually.

I am updating the registry of Rosary Intercessors for deceased friars. I plan to email it by the end of the month to everyone who signs up. Thank you for your consideration.

In Christ with Blessed Mary,

Friar Mariano D. Veliz, O.P.

INTRODUCCIÓN

     Este artículo es sobre los orígenes de la postura de orar usada en el antiguo Israel y en la Iglesia.  Esta postura se llama, en latín, orans (se pronuncia ‘órans’), o sea, persona orando o persona orante. Quizás que te estés preguntando qué es esta postura orans, porque puede ser que no la conozcas por este nombre, pero estoy seguro de que la reconocerías al verla. Es una postura para orar que involucra a una persona que extiende sus manos alzándolas hacia Dios en oración. Más específicamente, la persona levanta las manos en oración a Dios mientras dobla los codos a los costados con las palmas de las manos extendidas una frente a la otra o hacia afuera. Desde la antigüedad, la persona de fe, esperanza, y amor ha utilizado esta postura para ofrecer oración al Dios Vivo y Verdadero. La pregunta es: ¿Quién puede usar esta postura? ¿Es esta postura para los laicos o solo para el sacerdote? Permítanme comenzar diciendo que mi respuesta a esta pregunta es “sí” y “no,” de acuerdo con la autoridad de la tradición recibida. Esto significa que tanto el sacerdote como los laicos han usado fielmente esta postura orans tradicional a través de los siglos para orar a Dios, ya sea en la oración personal o en la oración comunitaria. De hecho, en la Tradición ambos han elevado sus manos a Dios en oración. Por un lado, los laicos de Dios han utilizado tradicionalmente la postura orans al ofrecer la oración personal a Dios, especialmente en tiempos difíciles. Por otra parte, el sacerdote ha ofrecido tradicionalmente la oración comunitaria a Dios en la postura orans. De hecho, por tradición, el sacerdote también ha utilizado orans para la oración personal, pero él no recibió su consagración como sacerdote principalmente para ofrecer oración personal a Dios. Al contrario, él, ante todo, recibió su consagración sacerdotal para ofrecer la oración comunitaria a Dios en esta postura. Por lo que orans efectivamente fue utilizado tanto por los laicos como por los sacerdotes desde la antigüedad. De hecho, existe una base para ellos usando esta postura para orar desde la Escritura y la Tradición.

LA POSTURA DOMÉSTICA DE ORANS 

     En primer lugar, en cuanto a los laicos del antiguo Israel, usaban la “postura doméstica orans” en sus hogares para orar con Dios. Esta era la oración personal que ofrecían a Dios en casa, orando solos o con su familia. Al hacerlo, extendían sus manos en oración a Dios levantándolas mientras recitaban en voz alta el Antiguo Testamento de memoria para recordar las acciones divinas que Dios les hizo a lo largo de su historia. Esto implicaba bendecir, alabar, y agradecer a Dios por su fidelidad al ofrecerles justicia y misericordia, especialmente al salvarlos del pecado, de la muerte, y de sus enemigos. Además, también usaban esta postura para ofrecer sus súplicas a Dios. En el Antiguo Testamento hay varias frases que se refieren a la postura orans que los laicos usaban para orar a Dios, incluyendo levantar o alzar sus manos en oración a Dios, o extender sus manos en oración hacia Él. Por esta razón, en Israel, los padres enseñaban a sus hijos, con sus palabras y acciones, a usar esta postura orans al ofrecer la oración a Dios en el hogar. Después de todo, Dios mismo les había instruido que enseñaran a sus hijos a serle fieles levantando sus manos hacia Él en oración. De esta manera comenzó en el hogar la formación de sus hijos como un pueblo fiel de oración. En efecto, en casa aprendieron de sus padres que levantar fielmente la mano a Dios en la oración significaba, sobre todo, elevar a Él el corazón mediante un acto interior de fe, esperanza, y amor.  Así, el orans era, ante todo, una postura interior de sus corazones. El pueblo de Dios, incluidos sus hijos, solo podían levantar las manos en oración hacia Dios porque primero habían elevado su corazón a Él en oración. Ciertamente usaron esta postura de orans para orar a Dios en sus hogares durante circunstancias normales, pero sus líderes también les instruyeron levantar sus manos a Dios en oración desde sus hogares durante la hambruna, la peste, y la guerra. Así, una postura normal para orar en sus hogares se convirtió en una forma de orar desde sus hogares durante las pruebas y tribulaciones. Por ejemplo, en el Primer Libro de los Reyes, el Rey Salomón instruye al pueblo de Israel, particularmente a los laicos (o no sacerdotes) que pecaban contra Dios durante la hambruna, la peste, o la guerra, que levantaran sus manos en oración a Dios en dirección al Templo para recibir el perdón de Dios (1 Re 8:37-39). Esto también incluía orar desde sus hogares, pero también incluía orar donde sea que estuvieran durante estas pruebas y tribulaciones. Además, después de la destrucción babilónica de Jerusalén, que incluyo el Templo, el profeta Jeremías instruyo a los pobres que quedaban en Jerusalén a clamar a Dios derramando sus corazones a Él mientras levantaban sus manos en oración por la vida de sus hijos. En su pobreza, sus hijos sufrieron allí hambre y sed (Lam 2:19). Jeremías también les instruyo a levantar sus corazones y manos a Dios en oración mientras se arrepentían de sus pecados (Lam 3:41-42). Él les dijo que habían sufrido esta destrucción en Jerusalén, incluyendo su pobreza y hambre, como castigo de Dios por sus pecados. Por esta razón, los laicos en el antiguo Israel ciertamente usaban la postura orans para la oración personal en sus hogares, o dondequiera que se encontraran, alzando sus manos a Dios en oración, especialmente durante las pruebas y tribulaciones.

LA POSTURA LITÚRGICA DE ORANS

     En segundo lugar, los sacerdotes del antiguo Israel, particularmente Aarón y sus descendientes, usaban una “postura orans litúrgica” al ofrecer oraciones y sacrificios a Dios en el altar de Dios. Esta sería la oración comunitaria en la liturgia. Aquí los sacerdotes guiarían al pueblo en la oración litúrgica. Al hacerlo, elevaban su corazón a Dios, tal como los laicos elevaban su corazón a Dios en la postura del orans doméstica. En este sentido, la elevación de las manos a Dios por los sacerdotes en la liturgia era también una elevación de sus corazones a Dios, ya que actuaban en nombre del pueblo como mediadores durante la oración litúrgica. Por un lado, los sacerdotes primero usaron esta postura de orans levantando sus manos hacia Dios al ofrecer oraciones litúrgicas y sacrificios a Dios en el altar del Tabernáculo en el desierto antes de que construyeran el Templo en Jerusalén. Por eso, en Levítico, después de que Aarón termina de ofrecer el sacrificio por el pecado, el holocausto, y la ofrenda de paz en el altar del Tabernáculo, levanta las manos en oración pidiendo la bendición de Dios sobre el pueblo (Lev 9:22). Luego, después de que construyeron el Templo en Jerusalén, los sacerdotes usaron esta postura de orans cuando ofrecían oraciones y sacrificios en el altar de Dios en la liturgia del Templo. Así, en Segundo Macabeos, después de que los sacerdotes terminan de ofrecer el sacrificio para purificar el Templo, levantaban sus manos a Dios orando para que Dios los preservara, guardando el Templo y al pueblo, de las amenazas de profanación y destrucción por parte del general pagano Nicanor. (2 Mac 15:34-36). Por lo que, al ofrecer tal oración y sacrificio a Dios en nombre del pueblo, primero en el altar del Tabernáculo y luego en el altar del Templo, los sacerdotes recibirían las ofrendas del pueblo para sacrificarlas litúrgicamente a Dios en su nombre. Entonces, solo los sacerdotes alzaban sus manos a Dios en oración comunitaria mientras guiaban al pueblo durante la liturgia. Como sacerdotes consagrados, solo ellos podían actuar en nombre del pueblo como mediadores ante Dios al ofrecer oraciones litúrgicas y sacrificios a Dios por ellos a través de la postura orans.

EL USO DE LA POSTURA ORANS DE ISRAEL INFORMA EL USO DEL ORANS DE LA IGLESIA

     Como pueden ver, esta postura de orans que tanto los laicos como los sacerdotes usaban en el antiguo Israel, doméstica y litúrgicamente, es el antecedente y modelo original para la Iglesia, el Nuevo Israel, usando la postura de orans de la misma manera. Esto, por supuesto, no significa que otras personas en Palestina, como los árabes o los gentiles en la sociedad grecorromana, no usaran la postura de orans al orar. Por supuesto que lo hicieron, pero los primeros miembros de la Iglesia, todos israelitas, no aprendieron primero la postura orans de ninguna de estas personas. Por el contrario, estos primeros miembros israelitas de la Iglesia la aprendieron de sus padres, incluyendo la Cabeza misma, Jesucristo, la Santísima María, San José, y los Apóstoles. La postura orans se les presentó originalmente en el hogar a través de sus padres durante la niñez y la adolescencia, antes de que llegaran a ser miembros de la Iglesia. Así, Jesús, María, San José, y los Apóstoles primero aprendieron a usar la postura del orans doméstica de sus padres israelitas al ofrecer oración a Dios mientras recitaban o recordaban las Escrituras del Antiguo Testamento en casa, especialmente durante pruebas y tribulaciones. Por eso, en la providencia de Dios, primero recibieron esta postura doméstica para orar a Dios de la Tradición de Israel. Por lo que, esta Tradición recibida evidentemente formó y preparó a los laicos en la Iglesia para orar a Dios de la misma manera que en el hogar, a partir del primer siglo. Como consecuencia, los laicos de la Iglesia primitiva, incluidos hombres, mujeres, niños, y adolescentes, aprendieron que podían usar esta postura doméstica orans en sus hogares levantando las manos a Dios en oración. Al mismo tiempo, también aprendieron por Tradición que la postura orans en la liturgia solo podía ser utilizada por los sacerdotes de la Iglesia, incluido el Sumo Sacerdote mismo, Jesucristo, y Sus Apóstoles, ya que actuaban como mediadores en nombre de los laicos del pueblo al ofrecer oración y sacrificio a Dios litúrgicamente. Esta fue, ante todo, la elevación de sus manos en oración a Dios en la Liturgia de la Eucaristía, el Sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, en la Santa Misa instituida por Cristo durante la Última Cena. Por lo que, en la Tradición recibida de la Iglesia, solo los sacerdotes pueden levantar las manos para ofrecer oración a Dios en la Liturgia.

     Así, a través de los siglos, la Iglesia ha reservado tradicionalmente esta postura litúrgica orans para el sacerdote solo en las rúbricas del Misal Romano para ofrecer la Santa Misa. La palabra rúbricas significa las reglas o leyes en el Misal que se refieren a las instrucciones en rojo que regula la recitación de las fórmulas de oración en negro. Estas orientan o instruyen al sacerdote a recitar las oraciones del Rito de la Santa Misa, empleando las posturas asignadas que solo él puede emplear, según lo previsto por la Iglesia. Por eso, el sacerdote ejecuta lo prescrito en letra roja y dice lo impreso en negro al ofrecer la Misa según las rúbricas. Estas rúbricas proceden de la más alta autoridad de la Iglesia, del mismo soberano pontífice, para mantener el orden bueno y adecuado en la Liturgia de la Santa Misa. Como indican las rúbricas, esto significa que solo el sacerdote puede usar la postura orans cuando él recita las oraciones en la Eucaristía mientras intercede ante Dios en favor del pueblo. Como tal, solo él puede extender sus manos en la Santa Misa elevándolas a Dios en oración. De hecho, las rúbricas le instruyen a usar esta postura unas catorce veces desde los Ritos introductorios de la Misa hasta los Ritos de conclusión. Esto incluiría la oración que dice después de la Oración Universal. En consecuencia, las rúbricas asignan la postura orans al sacerdote solo porque solamente él actúa en la persona de Cristo, la Cabeza, al ofrecer la Santa Misa como mediador de Dios en nombre del Cuerpo de Cristo, la Iglesia.

     Por el contrario, no hay una sola rúbrica en el Misal Romano que instruya al diácono o al laico a usar la postura orans en la Liturgia de la Santa Misa. Ninguna de las rúbricas allí instruye al laico o al diácono a extender sus manos en oración a Dios elevándolos durante la Misa. Sin embargo, hay quienes afirman que debido a que las rúbricas guardan silencio sobre esta cuestión, esto sugeriría un permiso o tolerancia implícita por parte de la Iglesia para que los laicos y los diáconos usen la postura orans. Sin embargo, argumentar a favor del uso de los orans por los laicos y el diácono sobre la base de tal silencio en la rúbrica es contrario a la Tradición Litúrgica de la Iglesia, y perjudicial para la uniformidad de la Liturgia de la Santa Misa. De hecho, usar este argumento del silencio ya ha introducido otras prácticas nocivas en la Santa Misa sobre las que las rúbricas callan, como tomarse de la mano durante el Padre Nuestro.

     Además, al abordar las posturas asignadas del sacerdote, el diácono, y los laicos en la Santa Misa, la Instrucción General del Misal Romano de la Iglesia dice que todos ellos deben ser fieles a la Tradición litúrgica recibida según lo determinado por la Instrucción General y por la práctica tradicional del Rito Romano. Al hacerlo, actúan, no según su inclinación privada o elección subjetiva, sino al servicio del bien espiritual común del pueblo de Dios (IGMR 42). Por eso, la Iglesia llama al sacerdote, al diácono, y a los laicos a seguir las instrucciones de las rúbricas del Misal para que sean uniformes en las posturas que les son asignadas durante la Santa Misa (IGMR 43).

     En Sacrosanctum Concilium, los Padres del Concilio Vaticano II enseñan que ninguna persona, ni siquiera un sacerdote o un laico, puede añadir, quitar, o cambiar las normas objetivas de la Liturgia bajo su autoridad. Esta prohibición ciertamente se aplicaría al laico que usa una postura en Misa no asignada a él en las rúbricas del Rito, como lo es la postura orans. Al hacerlo, estaría actuando en contra de la Tradición Litúrgica recibida (SC 22.3). Sobre esta base, los Padres del Concilio les recuerdan al presbítero, diácono, y laico que no están llamados a hacer otra cosa, sino sólo aquellas acciones o posturas en la Santa Misa que les asigna la naturaleza del Rito Romano y los principios de la Liturgia (SC 28).

     Además, en La Instrucción de la Iglesia sobre Ciertas Cuestiones Relativas a la Colaboración de los Fieles No Ordenados en el Ministerio del Presbítero, la Iglesia recuerda al pueblo de Dios que el canon 907 dice que ni los diáconos ni los laicos pueden usar acciones o posturas en la Santa Misa que son propias únicamente del sacerdote celebrante, como la postura orans. Por lo que, en esta Instrucción, Ella advierte que cualquier diácono o laico que pretenda casi presidir la Misa sería culpable de un abuso litúrgico grave (Instrucción, Artículo 6).

     Finalmente, Redemptionis Sacramentum, la Sagrada Congregación de la Iglesia para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, instruye a los laicos a evitar clericalizar sus acciones en la Santa Misa imitando las acciones clericales que están reservadas solo al sacerdote, particularmente la postura orans (RS Capítulo 2, Párrafo 45). Esto significa que los laicos sólo pueden hacer en la Misa aquellas acciones que les sean asignadas. Por lo que, aquí nuevamente, la Iglesia prohíbe el uso de la postura orans por parte del diácono y los laicos en la Santa Misa.

LA POSTURA DE ORANS DEL QUE RUEGA, LA POSTURA DE LOS POBRES

     Al mismo tiempo, argumentaré que la postura de la mano que muchos laicos usan en la Santa Misa no es, de hecho, la postura orans tradicional que usa el sacerdote, ni material ni formalmente. Como recordarás, la postura orans del sacerdote consiste en extender las manos alzándolas hacia Dios en oración. Más específicamente, levanta las manos en oración a Dios mientras dobla los codos a los costados con las palmas de las manos una frente a la otra o hacia afuera. Esta es la postura que utiliza materialmente. Al hacerlo, pretende formalmente actuar en la persona de Cristo, la Cabeza, litúrgicamente como mediador ante Dios en nombre del pueblo de Dios. Así, como mediador, eleva sus manos en oración a Dios para que pueda recibir dones de Dios para distribuirlos al pueblo. Esto significa, sobre todo, elevar su corazón a Dios en la fe, la esperanza, y el amor para mediarles los dones de Dios. Como tal, el término o fin del uso la postura orans por el sacerdote en la Liturgia como mediador, es actuar como dispensador de tales dones. Por el contrario, la postura de la mano que muchos laicos utilizan en la Santa Misa no cumple con este criterio que define material y formalmente la postura orans. No usan materialmente la postura orans, como en el mismo acto material que usa el sacerdote al extender sus manos, ni pretenden formalmente el mismo fin del acto que el sacerdote al extender sus manos. Por el contrario, materialmente, su postura de la mano consiste en extender las manos, no levantándolas, sino bajándolas mientras se doblan los codos a los lados con las palmas de las manos hacia arriba mientras oran. Esta es, formalmente, la postura de la mano de los pobres, de los mendigos, que pretenden o esperan recibir dones de Dios mismo a través del sacerdote. Por eso, aquí ciertamente no están usando la postura del orans litúrgico como mediadores que dispensan dones. Simplemente están bajando sus manos con las palmas de sus manos hacia arriba confiando en que Dios en Su providencia proveerá para todas sus necesidades. Sobre esta base, esta forma del orans que muchos laicos usan en la liturgia, el acto de bajar las manos con las manos hacia arriba, no es la postura del orans litúrgico que usa el sacerdote, ni material ni formalmente, sino una postura del orans de mendicidad. Esta puede ser una postura antigua utilizada por el pueblo de Dios en la liturgia. De hecho, tener las manos en esta postura describe con precisión la comprensión que tiene la Iglesia de la acción de los laicos en la liturgia como “receptores” de los dones de Dios a través del ministerio del mediador, el sacerdote. Por eso creo que habría una base teológica y litúrgica para que el Papa aprobara esta postura de los laicos en la liturgia. Repito, esta postura en cuestión no es, de ninguna manera, la misma postura que usa el sacerdote al ofrecer la Santa Misa. Aun así, hasta que el pueblo de Dios reciba la aprobación oficial del Papa para usar esta forma de la postura orans, la postura de la mendicidad en la Santa Misa, no debe ser usada. Ciertamente serían culpables de un abuso litúrgico, no solo materialmente, sino también formalmente, si la usaran en la Santa Misa.

CONCLUSIÓN

     En conclusión, el uso de las posturas orans domésticas y litúrgicas por parte de los laicos y el sacerdote en el antiguo Israel para formas personales y comunitarias de oración es la tradición que informa la práctica tradicional de la Iglesia. Por un lado, esto significa que sólo el sacerdote puede usar la postura orans litúrgica cuando actúa en la persona de Cristo, la Cabeza, al orar a Dios en nombre del pueblo en la liturgia. Por otro lado, el pueblo de Dios por supuesto que puede usar la postura del orans doméstico para rezar en casa, pero no durante la liturgia, porque los documentos litúrgicos de la Iglesia enseñan que nada puede ser añadido a la liturgia. Creo que la única forma de orans que los laicos podrían usar algún día en la liturgia, si el Papa alguna vez lo aprueba, sería la postura de orans de mendicidad, en la medida en que describe con precisión su acción en la liturgia, o al menos esta acción particular, como receptores de los dones de Dios por medio del sacerdote. Finalmente, como revela la Escritura, el pueblo de Israel utilizó especialmente la postura del orans doméstico durante pruebas y tribulaciones. Al hacerlo, elevaron sus corazones a Dios en oración, esperando Su justicia y misericordia en sus sufrimientos. Sobre esta base, oro para que ustedes, como hijos de Dios, hagan lo mismo en las pruebas y tribulaciones que han sufrido en sus vidas. Levanten sus manos en oración a Dios para que Él los bendiga. Que Él los ayude a llevar sus cruces con virtud.

En Cristo con María Santísima,

Fray Mariano D. Véliz, O.P.

     El sábado 14 de mayo, un grupo de amigos católicos pro-vida y yo tuvimos un Rosario pacífico cerca del Ayuntamiento de Houston para proclamar y defender la sagrada dignidad de los niños por nacer. Por desgracia, este también fue el día en que alrededor de 1,000 defensores del aborto realizaron una protesta en el Ayuntamiento defendiendo brutalmente el derecho de la mujer a abortar a los bebes por nacer. Al hacer esto, maldijeron y calumniaron a Dios, a la jerarquía de la Iglesia Católica Romana y al pueblo fiel de Dios, incluyendo al grupo del Rosario y a mi. Por lo tanto, su protesta realmente no fue pacífica. Quiero decir, ¿cómo podría haber paz en esa protesta si el único objetivo era el luchar por el derecho de una mujer a abortar la vida de su hijo por nacer? Al abogar por este derecho a abortar, estas personas tenían letreros que afirmaban que la base del derecho de una mujer a abortar es que una mujer puede hacer con su cuerpo lo que quiera, desee o se le de la gana por su salud corporal. Esto incluiría abortar a su hijo por nacer. Después de todo, según ellos, el cuerpo del niño en gestación no es otra cosa que el cuerpo de la mujer, y no el cuerpo del niño por nacer.

     Esta falsa afirmación de los defensores del derecho a decidir, en efecto, NO es razonable NI científica. Después de todo, el recto razonamiento de la prudencia, basada en la ciencia biológica natural, juzga con razón que el cuerpo del ser humano por nacer NO es el cuerpo de la madre. Por eso, una madre NO PUEDE afirmar correctamente, durante ninguna etapa del desarrollo humano, que el cuerpo de esa vida humana por nacer es su cuerpo. Esto significa que NI el cuerpo de un cigoto humano NI el cuerpo de una mórula humana NI el cuerpo de un blastocisto humano NI el cuerpo de un embrión humano NI el cuerpo de un feto humano es el cuerpo de la madre.

     Por el contrario, científica y biológicamente, se afirma que la primera etapa de la vida de una persona, comienza en la concepción cuando por medio de su padre y de su madre, el gameto masculino o espermatozoide fertiliza al gameto femenino, también llamado óvulo. Dentro de este óvulo fertilizado, se forma una membrana alrededor del material genético masculino, el ADN masculino, creando así el pronúcleo masculino. En este proceso biológico, el material genético masculino se desarrolla en 23 cromosomas dentro del pronúcleo masculino. Asimismo, el material genético femenino, o ADN, estimulado por la fusión del espermatozoide y el óvulo, termina de dividirse, dando como resultado el pronúcleo femenino, que también contiene 23 cromosomas. A medida que se forman los pronúcleos masculino y femenino, sus cromosomas se unen en una sola célula, completando así el proceso de fertilización. Este proceso de fertilización completado en la célula individual es el comienzo o concepción de la vida humana.

     En esta única célula, llamada cigoto humano, se forma un código personal de ADN genético único que es el que determina el género, el color del cabello, el color de los ojos y cientos de otras características de esta vida humana. Asi, ni la madre ni el padre ni el niño determinan estas características genéticas. Estas están determinadas genéticamente por un código genético personal y único. Como tal, este código de ADN genético único de la vida humana que se ha concebido, y en el cual están incluidas todas sus características personales, y que no es el código ni de su madre ni de su padre, sino su código personal y real que lo ha adquirido desde su concepción.

     En el acto de la concepción humana, la Iglesia Católica enseña que Dios mismo, el Creador, introduce el principio de la vida, , el alma espiritual que informa al material genético biológico para que se convierta en una vida humana, en una imagen viviente de Dios, llamado cigoto humano, en el vientre de su madre. Por lo tanto, esta primera etapa en la vida del ser humano por nacer no es la vida ni de su madre ni de su padre, sino su vida propia, un ser humano independiente en sí mismo, biológicamente, genéticamente y espiritualmente.

     Después de esta primera etapa de la vida humana, el cigoto humano, ya una persona no nacida, hecha a la imagen divina de Dios, se desarrollará, gradualmente, como una mórula humana y un blastocisto, luego como un embrión humano y finalmente como un feto humano. Por eso, la Escritura, la Tradición y el Magisterio profesan que la persona humana no nacida tiene derecho a la vida, incluyendo el derecho a madurar en la gestación a través de todas las etapas prenatales del desarrollo humano, que lo preparan para su derecho de nacer como un infante. De hecho, solo después del nacimiento, al madurar en la niñez, la adolescencia y la edad adulta, el ser humano puede desarrollarse legítimamente como la imagen de Dios, para conocer a Dios y amar a Dios. Por lo cual, no hay mayor derecho que se pueda recibir de Dios que conocerlo y amarlo.

     Amigos, oren por los que están en defensa del  “Derecho a Escoger,” que en realidad, son defensores del aborto. Ore para que sean iluminados e inspirados para profesar y honrar la santidad de cada vida humana no nacida desde la concepción, a través de todas las etapas prenatales y posnatales del desarrollo humano. La Virgen María ciertamente profesó y honró la sagrada dignidad humana de su Hijo, Jesucristo, desde la concepción, a lo largo de Su vida, en su desarrollo como hombre. Por eso, todas las personas están llamadas a hacer lo mismo, especialmente las madres. Que Dios les ayude por medio de la maternal intercesión de María Santísima, Nuestra Señora del Santo Rosario, y Madre de la Vida.

En Cristo con María Santísima,

Fray Mariano D. Veliz, O.P.

     On Saturday, May 14, a group of Catholic pro-life friends and I had a peaceful Rosary Rally near the Houston City Hall to proclaim and defend the sacred dignity of the unborn.  Conversely, this was also the same day that about 1,000 pro-choice advocates had a protest at City Hall viciously defending a woman’s right to abort the unborn.  In doing so, they cursed and slandered God, the hierarchy of the Roman Catholic Church, and the faithful people of God, including the Rosary group and myself. Consequently, their protest was certainly not peaceful.  I mean, how could there be any peace in such a protest if the only object was to fight for a woman’s right to abort the life of her unborn human life?  In advocating for this right to abort, these people had signs claiming that the basis for a woman’s right to have an abortion is that a woman can do to her body whatever she wills or desires for her bodily health.  This would include aborting her unborn child.  After all, according to them, the body of the unborn child is really the woman’s body, not the child’s body.

     This false claim by pro-choice advocates, of course, is NEITHER reasonable NOR scientific.  After all, the right reasoning of prudence, based on natural biological science, rightly judges that the body of the unborn human being is NOT the mother’s body.  For this reason, a mother CANNOT rightly claim, during any stage of human development, that the body of her unborn human life is her body.  This means that NEITHER the body of a human zygote NOR the body of a human morula NOR the body of a human blastocyst NOR the body of a human embryo NOR the body of a human fetus is the mother’s body. 

     On the contrary, scientifically and biologically, the conception of an actual unborn person, through the instrumentality of his mother and father, is the first stage of human life when the male gamete or sperm fertilizes the female gamete, also called the egg. Inside this fertilized egg, a membrane forms around the male genetic material, the male DNA, thereby creating the male pro-nucleus.  In this biological process, the male genetic material develops into 23 chromosomes inside the male pro-nucleus.  Similarly, the female genetic material, or DNA, stimulated by the fusion of the sperm and the egg, finishes dividing, resulting in the female pro-nucleus, which also contains 23 chromosomes.  As the male and female pro-nuclei form, their chromosomes unite into a single cell, thus completing the process of fertilization. This completed fertilization process in the single cell is the beginning or conception of human life. 

     In this single cell, called a human zygote, a unique genetic DNA personal code forms determining gender, hair color, eye color and hundreds of other characteristics of this human life. In this sense, neither the mother nor the father nor the child determine these genetic characteristics.  They are determined genetically by a unique genetic personal code.  As such, this unique genetic DNA code of the conceived unborn human life, including all his personal characteristics, is certainly not the code of his mother or his father, but his code alone as an actual person from conception. 

     In this act of human conception, the Catholic Church teaches that God Himself, the Creator, introduces the life principle of the spiritual soul that informs the biological genetic material to become an actual living being, a living image of God, called a human zygote, in the womb of his mother.  Hence, this first stage of the life of the unborn human being is certainly not the life of his mother or the life of his father, but his life alone as a particular human being in himself, biologically, genetically, and spiritually.  

     After this first stage of human life, the human zygote, already an unborn person in God’s divine image, will develop, gradually, as a human morula and blastocyst, later as a human embryo, and finally as a human fetus.  In this sense, Scripture, Tradition and Magisterium all profess that the unborn human person has a right to life, including a right to mature prenatally through all the prenatal stages of human development, that prepare him for his right to be born as an infant.  In fact, only after birth, by maturing to childhood, adolescence and adulthood, can the human being rightfully develop as God’s image to know God and love God.  Accordingly, there is no greater right he can receive from God than to know Him and love Him.

     Friends, please pray for pro-choice advocates who are really pro-abortion advocates.  Pray that they will be illumined and inspired to profess and honor the sacredness of every unborn human life from conception through all the prenatal and postnatal stages of human development.  The Virgin Mary certainly professed and honored the sacred human dignity of her Son, Jesus Christ, from conception, throughout His life, as He developed as man.  For this reason, all people are called to do the same, especially mothers.  God help them through the maternal intercession of Blessed Mary, Our Lady of the Holy Rosary, the Mother of Life.

In Christ with Blessed Mary,

Friar Mariano D. Veliz, O.P.

Después de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo durante el Santo Triduo, la Iglesia Católica Romana celebró el Domingo de la Divina Misericordia en su Liturgia del Domingo pasado del 24 de abril. Al hacerlo, nos enseña a todos los miembros católicos, que el ofrecimiento de la misericordia divina de Dios a los seres humanos en la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, incluye su pasión, su muerte y su resurrección. Por eso, la celebración del Domingo de la Divina Misericordia en la Iglesia no puede reducirse solamente a la pasión, ni a la muerte, ni a la resurrección de Cristo. Después de todo, Cristo no nada mas sufrió o murió por los seres humanos; y ciertamente Él no solo resucitó a la vida de gloria por ellos tampoco. Al contrario, se ofrece plenamente a Dios Padre en su pasión, muerte y resurrección por los seres humanos. Como tal, en esta entrega total de sí mismo a Dios, Cristo les ofrece la gracia de salvación de Dios. Esta es una gracia que ciertamente no merecen, pero una gracia que Él todavía les ofrece misericordiosamente. En este acto, los conforma espiritual y físicamente a sí mismo, a su imagen, como el Señor Crucificado y Resucitado. Y así basándonos en esta premisa en la celebración del Domingo de la Divina Misericordia, la Iglesia conmemora plenamente la pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios, Jesucristo.

     Para la Iglesia, esta celebración del Domingo de la Divina Misericordia implica, ante todo, conmemorar la ofrenda sacrificial de Cristo de sí mismo a Dios Padre en su pasión y muerte para salvar a los seres humanos del pecado y del castigo por el pecado. Después de todo, por el pecado, particularmente el pecado original de Adán y Eva y el pecado mortal, las personas incurren justamente no sólo en la culpa moral por el pecado, sino también en la deuda del castigo eterno por tal pecado, porque aquí actúan en contra del orden divino de Dios y su justicia. Este orden divino requiere, en justicia, que los seres humanos rindan a Dios el honor que le corresponde por las acciones buenas o virtuosas. En consecuencia, al pecar contra Dios, le niegan injustamente a Dios este honor. En efecto, después de que los primeros seres humanos, Adán y Eva, primero negaran a Dios este honor debido al pecar contra Él, sus descendientes hacen lo mismo. Lo hacen directa o indirectamente. Por un lado, niegan directamente a Dios el honor que le corresponde en justicia al no amarlo como su primer y supremo bien, al no adorarlo diariamente, especialmente en la Santa Misa de los domingos, al ofrecer falsa adoración a los ídolos y al usar Su Santo Nombre en vano. Por otro lado, también le niegan a Dios el honor que se le debe, indirectamente, al no amar a su prójimo de manera virtuosa o casta, al vestirse con falta de modestia, al abusar del alcohol o de las drogas y al usar blasfemias. Por otra parte, en esta negación directa e indirecta al honor a Dios, a través del pecado,  los seres humanos, introducen una desigualdad de acciones en el orden de la justicia divina de Dios. Esto quiere decir que la mala acción, el pecado, que introducen en este orden divino es una desigual a la buena acción requerida, en justicia, para honrar a Dios. Por eso, sólo pueden restablecer la igualdad en el orden de la justicia pagandole a Dios, Justo Juez, una pena de compensación del pecado por una buena acción, porque tal acción es, al menos, igual en bondad a una acción que honra a Dios.

     En la Doctrina Católica, este pago compensatorio de la pena por el pecado se llama satisfacción. En la doctrina de la satisfacción de Santo Tomás, recuerda el principio general de que un ser humano, un hombre justo, puede satisfacer por el pecado de su prójimo, de su hermano o de su hermana, si permanece en estado de caridad, pero no puede satisfacer para todos los seres humanos porque la acción de un solo ser humano, una mera criatura, por muy buena que sea, no tiene el valor pleno de todas las personas del género humano. Por otra parte, la acción de Cristo tiene un valor que podría satisfacer plenamente por los pecados de todos los hombres, particularmente el pecado de Adán y Eva y todos los pecados mortales, en razón de su dignidad divina como Hijo de Dios. En efecto, aquí la acción de Cristo, el Hijo de Dios que se ha hecho Hijo del hombre, tiene una bondad divina infinitamente mayor en eficacia que la bondad de todos los miembros del género humano. Por lo tanto, sólo Él, por su dignidad de Dios-hombre, podía ofrecer una satisfacción infinita por la culpa y la deuda de castigo por todos los pecados de los seres humanos en la historia humana. Asi, al ofrecer tal satisfacción para todos los seres humanos, Cristo no se limita a ofrecer a Dios una buena acción igual en bondad a alguna acción que honre a Dios, como exige la justicia divina. Por el contrario, por su dignidad divina, Cristo ofrece a Dios la acción perfecta, el sacrificio perfecto, infinitamente mayor que las exigencias de la justicia, porque Él actúa por un principio superior, la caridad divina, para satisfacer perfectamente el pecado por su pasión y muerte. En este sacrificio perfecto, el acto perfecto de amor, Jesús obedece a la voluntad de su Padre de sufrir y morir voluntariamente por los seres humanos como pago satisfactorio de su culpa y castigo por el pecado, porque los ama. De hecho, en obediencia a su Padre El se ofrece en sacrificio como satisfacción por ellos, principalmente porque El ama a su Padre como su primer y sumo bien, y en segundo lugar, porque ama a su prójimo, a todos los seres humanos, como a sí mismo. En base a esto, Él satisface esta pena compensatoria, exigida por la justicia divina de Dios, mediante un acto de amor divino, el acto de amor más grande que jamás pudo ofrecer a su Padre por los seres humanos. Como dice el Evangelio, no podía ofrecer mayor amor a sus amigos que ofrecerse a sí mismo como sacrificio por ellos.

     Según los Padres de la Iglesia, en este amor sacrificial, el amor perfecto que satisface la culpa y la pena del pecado, Cristo se vale de su humanidad como instrumento de su divinidad para merecer la gracia de la justificación que purifica y santifica espiritualmente al hombre en sus almas Esto implica merecerles, por su pasión y muerte, el perdón y la reconciliación de Dios. En efecto, les perdona sus pecados y les reconcilia con Dios en la comunión de la amistad de Dios. Al hacerlo, Él elimina sus defectos espirituales de pecado que los separan de Dios. Estos defectos incluyen, ante todo, la mancha del pecado original, la culpa moral por el pecado mortal y la deuda del castigo eterno por estos pecados. La Iglesia enseña que las personas manchadas en el alma por el pecado original y mortal, incluida la deuda eterna, están espiritualmente muertas. Sí, están vivos físicamente, pero espiritualmente están muertos en su alma. Después de todo, en este estado muerto, no tienen el principio de vida sobrenatural en su alma, la gracia de Dios. Por lo tanto, al merecerles la gracia de Dios en su pasión y muerte, Cristo los eleva interiormente a una vida de santidad por la resurrección espiritual de su alma. por lo tanto, aquí su alma ya no está muerta, sino viva sobrenaturalmente. Esto quiere decir que Cristo, por su gracia meritoria, los conforma espiritualmente a sí mismo, a su vida santa, pues los recrea por medio del Espiritu Santo en su imagen divina como hijos e hijas santos de Dios. Por eso, esta dignidad sagrada, la dignidad que reciben como hijos e hijas de Dios santificados, a imagen de Cristo, los prepara para la vida de la gloria. Así, el perfecto sacrificio de amor de Cristo merece espiritualmente la gracia salvifica de Dios para todos los seres humanos.

    En segundo lugar, la celebración del Domingo de la Divina Misericordia en la Iglesia también implica la conmemoración del sacrificio de Cristo para salvar a los seres humanos de la muerte corporal. En esta ofrenda sacrificial de sí mismo, en este meritorio acto de amor, Jesús, el Cordero de Dios, sufre la pena de muerte, el castigo corporal por el pecado, exigido por la justicia divina, que paga la deuda penal de la muerte de todos los hombres. Esta es la deuda de castigo, contraída por el pecado de Adán y Eva, que los sometió, incluida su descendencia, a la pena de la muerte corporal. Por lo tanto, la muerte, un defecto del pecado, es un castigo por el pecado en el cuerpo. En consecuencia, por el sacrificio de Su muerte, Cristo ofrece a Dios el honor que le corresponde por una buena acción meritoria que compensa satisfactoriamente  la mala acción de Adán y Eva, esa acción mortal, que obligó a todas las personas a morir. Al morir en la cruz, El restaura la igualdad en el orden de la justicia divina de Dios, porque este sacrificio satisface plenamente el pago de la deuda de esta pena de muerte. Según Santo Tomás, la acción de Cristo aquí, es decir, su muerte sacrificial, tiene un valor infinitamente grande, en virtud de su dignidad divina, sólo Él satisface meritoriamente esta deuda, la pena de muerte, para todos los hombres. De hecho, Él cumple con creces este requisito de la justicia divina de Dios mediante un acto de amor divino. En este meritorio acto de satisfacción, el acto perfecto de amor, Él sufre el castigo corporal de la muerte que paga la deuda en nombre de todos los hombres, porque Él los ama. Como resultado, los salva de la muerte, particularmente de la muerte impía de Adán y Eva. Esto significa que por la gracia que Él les merece a través de Su muerte, todavía mueren, pero su muerte se convierte en una santa participación en la muerte sacrificial de Cristo. Sobre esta base, aquí Cristo realmente pone fin a la muerte corporal impía de todos los seres humanos mediante Su santa muerte en la cruz.

     Finalmente, en la celebración del Domingo de la Divina Misericordia de la Iglesia, ella también conmemora la resurrección corporal de Cristo de entre los muertos a la vida de la gloria. Esto significa que si Él no muriera, si Él no se ofreciera en sacrificio al Padre en Su muerte, Él no seria resucitado de entre los muertos a la vida de la gloria por el Padre a través del Espíritu Santo. Por lo cual, su gloriosa resurrección de entre los muertos es fruto de la gracia de Dios por sufrir fielmente su pasión y muerte. Para Santo Tomás, esta resurrección a la gloria de Cristo es la causa de la resurrección gloriosa de todo el pueblo justo de Dios. Al mismo tiempo, solo serán resucitados físicamente de entre los muertos a una vida de gloria en el Último Día, el Día del Juicio General. Aquí serán finalmente conformados plenamente en su cuerpo a la imagen gloriosa de la resurrección corporal de Cristo.

     Como he dicho en este artículo, la celebración del Domingo de la Divina Misericordia por parte de la Iglesia, en fidelidad al plan de Dios de la divina misericordia para salvar a los seres humanos, implica conmemorar plenamente la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, tal como lo hace la Iglesia durante el Santo Triduo. Por lo que, la divina misericordia de Dios, cumplida en la persona de Jesucristo, a través de su pasión, muerte y resurrección, como se conmemora durante el Triduo Santo, informa la celebración del Domingo de la Divina Misericordia de la Iglesia. Por más misericordioso que sea este plan divino de salvación para los seres humanos en Cristo Jesús, y por más fiel que sea la Iglesia en celebrar el Domingo de la Divina Misericordia, la gente en la sociedad todavía cuestiona la misericordia divina de Dios. Al hacerlo, afirman que Dios, en cierto sentido, abandona sin piedad a los seres humanos, al menos temporalmente, en sus sufrimientos, castigándolos por sus pecados, tanto espirituales como físicos. En primer lugar, argumentan que Dios los abandona al sentenciarlos a la pena de muerte espiritual después de que pecan contra Él a través del pecado original y mortal. En esta sentencia de muerte espiritual, mueren espiritualmente en sus almas a través de las manchas del pecado original y del pecado mortal, incluida la deuda del castigo eterno, por estos pecados. En segundo lugar, la gente también afirma que Dios abandona a los seres humanos al sentenciarlos a la pena de muerte corporal como castigo por el pecado. En esta sentencia de muerte física, mueren físicamente en sus cuerpos, no inmediatamente, sino eventualmente. Según ellos, un Dios misericordioso no los abandonaría a la muerte corporal. Por eso, utilizan estos castigos por el pecado para argumentar en contra de la misericordia divina de Dios para con los seres humanos. En consecuencia, para ellos, Dios, en cierto modo, abandona a las personas sin piedad, al menos por un tiempo, castigándolas espiritual y físicamente por sus pecados.

     En su deseo de desarrollar su argumento contra la divina misericordia de Dios, consideran la pregunta que Jesús le hace a Dios Padre desde la cruz, justo antes de morir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Esta es la misma pregunta que la gente le ha hecho a Dios a través de los siglos. Han incluido personas del primer siglo que cuestionaron la misericordia divina de Dios. De hecho, en los Evangelios, San Pedro, el apóstol, después de escuchar la profecía de Jesús durante Su ministerio de que tendría que sufrir, morir y resucitar de entre los muertos para cumplir el plan de Dios de la misericordia divina para los seres humanos, San Pedro cuestiona este plan argumentando que Dios nunca sometería a Jesús a tal plan, sugiriendo que esto no sería misericordioso por parte de Dios. Después de la pasión y muerte de Jesús, San Pedro ciertamente aprende acerca de Jesús sintiéndose abandonado por Dios en la cruz. De manera similar, en la lectura del Evangelio del Domingo de la Divina Misericordia, Santo Tomás, el apóstol, cuestiona la misericordia de Dios, especialmente después de la pasión y muerte de Cristo. También aprende acerca de Jesús cuestionando a Dios por abandonarlo en la cruz. Por lo que, él mismo cuestiona el plan de Dios de la misericordia divina en la persona de Jesucristo, argumentando que no creerá a menos que Dios le revele vivo de primera mano a Cristo Crucificado y Resucitado. Este cuestionamiento de la misericordia divina de Dios por parte de la gente del primer siglo, en particular de los santos Pedro y Tomás, es también una pregunta que se puede escuchar de la gente en la sociedad de hoy, especialmente después de considerar la pregunta de Cristo a Dios Padre desde la cruz: “Dios mío Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué me has abandonado en mis sufrimientos? Según las personas que cuestionan la misericordia divina de Dios, aquí Jesús parece estar diciendo que su Padre no le ha ofrecido misericordia al abandonarlo, al dejarlo solo en su pasión, especialmente en la cruz. Después de todo, el acto de abandonar a alguien, en cierto sentido, significa no estar allí para él, no protegerlo o salvarlo de su sufrimiento. En consecuencia, la gente afirma que desde la cruz Jesús le dice a Dios que no le ha ofrecido misericordia como Padre misericordioso al abandonarlo en su pasión y muerte. Sobre esta base, la gente en la sociedad humana, desde el primer siglo hasta el día de hoy, ha argumentado que la pregunta de Jesús desde la cruz revela que Él cree que Dios es un fracaso como Padre, porque no le ofrece misericordia en Su sufrimiento, al abandonarlo. Aquí también han cuestionado si un Padre misericordioso realmente sentenciaría a Su Hijo a un castigo espiritual y físico tan despiadado al someterlo a Su pasión y muerte. Esta es la misma pregunta que tienen sobre el Dios de misericordia que castiga a las personas sin piedad por sus pecados, tanto espirituales como físicos, al sentenciarlos a la muerte física y espiritual.

     De todos modos, estos argumentos de la gente, en contra de la divina misericordia de Dios, son falsos. En primer lugar, han argumentado, falsamente, que Dios el Padre no es misericordioso con Su Hijo, Jesús, al no protegerlo o salvarlo de Su sufrimiento y muerte. Su falso argumento, por supuesto, está mal informado, por su falsa comprensión de la pregunta de Jesús a su Padre desde la cruz. Al cuestionar a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Jesús solo está citando el primer versículo del Salmo 22. Este Salmo es la oración de fe que David hizo para que el hombre inocente, por más difíciles que sean sus sufrimientos. , todavía recibiera la salvación de Dios como un acto de la misericordia divina de Dios. Aquí David describe a este hombre inocente como un siervo sufriente de Dios, un Mesías. Esta es la misma imagen del Mesías que Isaías desarrolla más tarde en los capítulos 52 y 53, la imagen del Mesías como un siervo de Dios inocente y sufriente. Al hacerlo, ciertamente fue informado por la imagen de David del Mesías en el Salmo 22. Por esta razón, después de leer este Salmo de David, Isaías desarrolla una imagen más plena o más completa del Mesías como el siervo sufriente del Señor. Al desarrollar primero esta imagen, David cree y proclama que el siervo sufriente del Señor, en su fidelidad a Dios, recibirá la victoria de Dios, pero solo a través del sufrimiento. Asi, el siervo de Dios, el Mesías del pueblo de Dios, no obtendrá la victoria de Dios a menos que sufra fielmente como Dios quiere. En consecuencia, para David, Dios no le falla al inocente siervo que sufre en el Salmo 22. Al contrario, por Su divina misericordia, Dios le ofrece la gracia en su sufrimiento que lo conducirá a la victoria de la salvación. De hecho, la lectura completa del Salmo 22, hasta el versículo 32, no solo el primer versículo citado por Jesús en la cruz, revela esta victoria que Él recibirá de Dios como Su siervo sufriente. Por lo cual, al citar el primer versículo del Salmo 22, mientras Él sufre fielmente en la cruz, Jesús realmente está proclamando todo el Salmo 22, el significado completo de este Salmo, especialmente la victoria. Al hacerlo, está diciendo que Él mismo es el siervo sufriente de Dios, profetizado por David e Isaías en las Escrituras, que recibirá la salvación de Dios por Su pasión y muerte. Al mismo tiempo, este siervo sufriente no solo recibirá la victoria de Dios para sí mismo a través de su pasión y muerte, sino tambien obtendrá Su victoria para todos los seres humanos. Por eso, según Isaías, la pasión y muerte del siervo sufriente, el Mesías, como pago compensatorio de la pena del pecado, expía o satisface meritoriamente los pecados de todos los pueblos para su salvación, como exige la justicia divina de Dios. Esta comprensión de la pasión y muerte de Jesús en la cruz es completamente fiel al principio de la unidad de las Escrituras. Esto significa que el ser humano sólo puede comprender realmente la pregunta de Jesús desde la cruz, mientras sufre y finalmente muere, al comprender plenamente todas las Escrituras, en particular aquellas que se refieren al siervo de Dios que sufre en los Salmos, en Isaías y en los evangelios

     En segundo lugar, la afirmación de la gente de que Dios no es misericordioso con los seres humanos porque los castiga por el pecado, como lo exige la justicia divina de Dios, también es falsa. Están, una vez más, informados por su falsa comprensión del verdadero significado de la misericordia divina, particularmente en relación con la justicia divina de Dios. Por lo cual, argumentan que la misericordia de Dios no tiene relación con la justicia. Por lo cual, en su negación de esta relación, separan la misericordia de Dios de la justicia de Dios, deformando y falsificando así el verdadero significado de la misericordia de Dios. Según Santo Tomás, todos los atributos divinos, incluida la divina misericordia y la justicia de Dios, son idénticos a Dios mismo. Además, estos atributos divinos también son idénticos a la naturaleza o esencia divina de Dios, tal como lo es Dios. Esto significa que Dios es esencialmente justicia y misericordia. Por eso, como atributos divinos de Dios, la justicia y la misericordia no pueden separarse, pues son natural o esencialmente la identidad de Dios mismo desde toda la eternidad. Asi, Dios es, por naturaleza o esencia, justicia divina y misericordia divina. Él no cambia en sí mismo. Al contrario, permanece el mismo para siempre en su dignidad divina. Por lo cual, Él no es ni puede convertirse en un Dios de misericordia separado de la justicia divina.

     En consecuencia, en el plan de salvación de Dios, Él actúa con misericordia y justicia para salvar a los seres humanos. En efecto, en este plan, como Dios actúa en la creación para la salvación humana, se dice que su divina misericordia es el origen o fuente de su justicia. Sobre este tema, Santo Tomás enseña que la justicia de Dios procede de la misericordia de Dios, como un efecto procede de una causa. Por lo cual, llama a la justicia fruto de la misericordia. Por eso, en la misericordia de Dios, Él castiga con justicia a los seres humanos por haber pecado contra Él, en primer lugar, a Adán y Ave, y en segundo lugar, a sus descendientes humanos. De hecho, los condena a la muerte espiritual y corporal por el pecado original y mortal, incluida la deuda del castigo eterno por el pecado. Al hacerlo, por supuesto que no desea su muerte eterna. Él no desea que permanezcan muertos espiritual y físicamente por toda la eternidad. Al contrario, Él desea su salvación eterna. Asi, al castigarlos justamente por sus pecados, Dios quiere que sean movidos o inspirados por sus sufrimientos. Según la Escritura y la Tradición, incluido Santo Tomás, al disciplinar a las personas con justicia por sus pecados, Dios les envía sufrimientos como penitencias para ayudarlos a abrir humildemente sus corazones para comprender plenamente que han actuado injustamente al pecar contra Él. Cuanto más nieguen a Dios el honor que se le debe al pecar, más sufrirán. Sólo comprendiendo plenamente que han pecado contra el justo honor de Dios podrán recibir la contrición que los preparará para el Sacramento de la Confesión. Eventualmente, esta contrición ciertamente los moverá a confesar sus pecados en este Sacramento. En este buen acto que honra a Dios, que es su confesión, son aptos para recibir una participación de la gracia que Jesucristo les mereció con su satisfactoria pasión y muerte. Esta gracia incluye el perdón y la reconciliación con Dios. Por eso, como fruto de la misericordia divina, la justicia de Dios, incluyendo sus justos castigos por el pecado, mueve o inspira a los seres humanos, particularmente a los Católicos Romanos, a abrir sus corazones para recibir la misericordia de Dios en el Sacramento de la Confesión. Al hacerlo, son elevados espiritualmente a la vida de la gracia, según la imagen de Cristo Crucificado y Resucitado, para participar plenamente en el plan de salvación de Dios. En este estado espiritual de la gracia, pueden cada dia merecer una mayor similitud con Cristo por medio de sus penitencias y sufrimientos voluntarios y meritorios por los demás, en virtud de los méritos infinitos del sacrificio de Cristo.

     En conclusión, en este artículo, en primer lugar, he argumentado que la celebración del Domingo de la Divina Misericordia en la Iglesia incluye la conmemoración completa de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, como lo hace la Iglesia durante el Triduo Santo. Por eso, esta celebración del Domingo de la Divina Misericordia no puede reducirse meramente a la pasión, ni a la muerte, ni a la resurrección de Cristo. En segundo lugar, he argumentado que la misericordia requiere justicia contra la afirmación falsa de que solo se requiere misericordia. Solo cumpliendo los requisitos de la justicia divina de Dios en su pasión y muerte, Jesucristo meritó la misericordia divina de Dios para con todos los seres humanos. En efecto, Él satisface por el pecado como lo requiere la justicia divina de Dios, pero eso es debido a que Él ofrece esta satisfacción con un acto de amor divino, muy por encima de las exigencias de la justicia, Él actúa de manera especialmente misericordiosa. En consecuencia, si no hay justicia, no hay misericordia. En tercer lugar, refuto las falsas afirmaciones de la gente de que Dios le falla como Padre a Jesús al abandonarlo sin piedad en la cruz. Al hacerlo, ofrezco una comprensión adecuada del Salmo 22 y de Isaías para ayudar a las personas a comprender el significado de la pregunta de Jesús a su Padre desde la cruz. Finalmente, también abordo el argumento falso de la gente en la sociedad de que Dios castiga a los seres humanos sin piedad por sus pecados. Espero y ruego que hayan tenido un tiempo fructífero al aprender acerca de la justicia divina y la misericordia de Dios.

En Cristo con María Santísima,

Fray Mariano D. Veliz, O.P.

     In the reading from the Gospel of St. John (21:1-14) for the Third Sunday of Easter, Jesus, once again, reveals Himself to His apostles, a third time, after His resurrection from the dead.  This time, He appears to them in the early morning hours at the shores of the Sea of Tiberias, also called the Sea of Galilee.  According to the Gospel, the apostles who witness this appearance of Jesus as the Risen Christ include Peter, James, John and Nathanael.  Here Jesus appears to them only after they had failed to catch any fish all night in their boat.  They certainly would have been disappointed.  They had worked hard for several hours during the night.  They neither had a full night’s sleep nor did they have a full meal that night.   In fact, they may have not had any food to eat at all, considering that they had failed to catch any fish. Consequently, as human beings, they certainly would have been tired, sleepy, and hungry.  They also would have been mentally and emotionally drained after working all night, and failing to catch any fish.  For the apostles, losing hope, or despairing, in these difficult circumstances, was a real temptation.

     Indeed, as human beings, especially as men, the disciples suffered the temptation to despair after they worked hard all night, but failed to produce any fruits from their work.  In the reading from St. John’s Gospel, the Gospel reading for the Third Sunday of Easter, the disciples’ temptation is only implied circumstantially.  Still, considering the circumstances, there is a reasonable basis here for concluding that the disciples did, in fact, suffer from the temptation to despair, even if this temptation is only implicit.  On the other hand, in St. Luke’s Gospel, a similar reading offers a fuller understanding of the state or condition of the disciples by directly revealing their temptation to despair through St. Peter’s response to Jesus.  I will consider that passage later. 

     The question I want to consider here is this: Why would failing to catch any fish, after fishing all night on the Sea of Tiberias, tempt the disciples to despair?  In my reading, I believe they suffered this temptation to despair not only because they had failed as fishermen, but primarily because they had failed the people who depended on them, the people who depended on their support, materially or economically.  Certainly, their elderly parents or grandparents would have depended on them, including their wife and children, if they had any.  True, the inspired authors of the Gospels only mention that St. Peter was married. In doing so, they recount a certain day that Jesus visited St. Peter’s house only to find the mother of the wife of St. Peter, St. Peter’s mother-in-law, lying in bed suffering from an illness (Luke 4:38-39, Matthew 8:14-15, Mark 1:29-31).  In this sense, not only did Peter’s wife depend on him, but his wife’s mother also depended on him, especially in her illness.  After all, for the people of Israel, a man’s vocation, particularly a husband’s, was to honor his wife and his parents, including his wife’s parents, by supporting them, or at least helping them materially, according to their needs, as justice required.  In this case, St. Peter ‘s mother-in-law needed a home.  As such, St. Peter helped her by welcoming her into his home as a member of his household.  In this sense, God called the people of Israel, particularly the men, to be just by honoring not only their mother and father, but also their grandparents and elderly family members, including their wife and children.  In fact, God’s Fourth Commandment of the Decalogue calls the people of Israel to honor their mother and father (Exodus 20:12).  Accordingly, in St. Peter’s faithfulness to this Commandment, he honored his wife’s mother by sheltering her.  This means that he was supporting her, at least by offering her a home.  For this reason, she depended on him, just as his wife did.  The Gospels only recall that Peter was married.  They do not mention the marital status of any of the other apostles.

     On the other hand, in St. Paul’s First Letter to the Corinthians, he does suggest in a passage that some of the other apostles may have been married (9:5).  In this passage, he says that he and his brothers have a right to have a wife, as do the other apostles, including the Lord’s brothers and St. Peter.  True, St. Paul is only claiming that they have a right to have a wife, just as the apostles do.  St. Peter, of course, made use of that right.  He had a wife.  He had a wife and mother-in-law who depended on him.  As for the other apostles, they may or may not have made use of their right to marry.  What is certain is that at least some of them would have still had parents, grandparents, or other family members who would have depended on them materially for support.  As I have already said, for the people of Israel, particularly for the men, justice required that they honor these people by helping them through their work.  For the apostles, this work was fishing.

     As human beings, particularly in marriage and family life, people can, at times, feel drained mentally and emotionally, and also disappointed and discouraged, after working hard for years, perhaps many years, but feeling that they have failed as spouses or family members.  After all, in their judgment, they have not produced any of the fruits that they had hoped to produce, by their work, for the good of their marriage or family life.  These fruits would help them support the people in their life who depended on them materially, particularly their spouse, their children and their parents.  Consequently, their failure to produce any fruits to support their marriage and family, through work, would be difficult for them.  For this reason, they would feel drained, disappointed and discouraged, just as the apostles did, after fishing all night on the Sea of Tiberias, but failing to catch any fish for their family.  As such, they suffered, just as the apostles did.  Human beings, of course, including spouses, have no desire to fail in the work they do to support their marriage and family life.  Indeed, they do not work hard, for years, only to hope that they will fail to produce any good fruits from their work, particularly those fruits that will help them support their family materially.  On this basis, human beings do not intend for their work to be unfruitful, but sometimes they just fail to produce any fruit.

     At the same time, during difficult times, times of suffering, when people fail to produce fruit in their work for the good of their marriage and family life, they can easily be tempted to despair.  This is the temptation to lose hope that they will ever be fruitful in their work.  In this sense, in their suffering, they may be tempted, but a temptation is not a sin.  On the contrary, a temptation is an evil thought or feeling, antecedent to an act of the will, that inclines people to sin.  For this reason, in their suffering, human beings who are tempted to despair, can reject the temptation, just as Jesus did in the Garden of Gethsemane. Indeed, they can do God’s will, just as He did by the work of virtue.  In doing so, they hope that the work that God calls them to do daily for the good of their marriage and family will bear fruit by God’s grace. 

     This is the same hope that the apostles had about their work as fishermen.  In the reading from St. John’s Gospel, after the apostles fail to catch any fish all night (21:3 and 5) and suffer the temptation to despair, they do just as Jesus tells them, after hearing Him.  They cast their net to the right side of the boat in the Sea of Tiberias, hoping they will finally catch some fish, just as Jesus prophesies to them.   They do not question Him or complain to Him.  They just do as He tells them. As a result, they catch many fish (21:6).  In a similar reading from St. Luke’s Gospel (5:4-6), after Jesus tells the apostles to cast their net to the right side of the boat, St. Peter, acting on behalf of the other apostles, begins by questioning or complaining to Jesus that they have worked hard all night but have caught nothing. In a sense, St. Peter is telling Jesus that casting the net there, once again, would be completely useless or futile, for he and the other apostles have already done that throughout the night fruitlessly.  This suggests that the apostles are tempted to stop fishing as an act of despair or hopelessness, but this is only brief, for right after, St. Peter tells Jesus that they will do as He tells them.  This is an act of hope that their work as fishermen would produce fruit.  For this reason, after casting their net as a people of hope, they catch many fish that would certainly help them support their family members. 

     Conversely, in their suffering, people who are tempted to despair can also yield to this temptation.  In this act of despair, they lose hope that they will ever produce fruit by their work.  Consequently, they stop working, because they have no hope.  They have no hope that their work will ever produce the fruit that will help them support their marriage and family materially. By stopping their work, by stopping the work that God has called them to do, because of their hopelessness, they cannot help their family.  They cannot help them materially or spiritually.

     In conclusion, in this reading St. Peter and the apostles teach human beings that after failing to catch any fish all night on the Sea of Tiberias, and suffering their temptation to despair, they still do God’s will, just as Jesus did in suffering His temptation.  Indeed, they are hopeful that by working daily, by doing the will of God everyday, they will produce fruit daily for the good of their marriage and family.  This is, first and foremost, the fruit of hope that they produce interiorly in their hearts for the spiritual and material good of their spouse, their children and their parents.  This means that their call to support their family members involves helping them not only materially, but also spiritually, by teaching and forming them in God’s Word.  There is no greater work they can do for them than helping them become holy men and women of God through holy virtue. Pray for people, especially spouses, to produce good fruit for their family, the fruit of hope, through the work of virtue.

In Christ with Blessed Mary,

Friar Mariano D. Veliz, O.P.

   

     ¡Saludos queridos amigos! El año pasado en abril publiqué este artículo en inglés en memoria de la Hermana Olvido Galiana Grijelmo, una gran dama y santa hija de Dios.  Ahora se lo ofrezco a ustedes en español en honor y recuerdo de ella quien se dedicó plenamente a Dios como miembro consagrada de las Hermanas Misioneras Concepcionistas Hermanas de la Educación durante unos 65 años, principalmente en California, hasta su muerte el 2 de enero de 2021. Esta Congregación en la Iglesia Católica Romana, comúnmente llamada las Hermanas (Misioneras) de la Inmaculada Concepción en California, fue fundada en España el 22 de febrero de 1892, por Sor María del Carmen ( Carmen de Jesús) Sallés y Barangueras (n. 9 de abril de 1848 – m. 25 de julio de 1911). Fue canonizada santa en Roma por el Papa Benedicto XVI el 21 de octubre de 2012. A través de su santa obra como fundadora, inspiró a la Hermana Olvido a convertirse en miembro de su Congregación. Como tal, aquí quiero hablar brevemente sobre la obra de esta santa fundadora, sor María del Carmen. Después de todo, con su trabajo, ella informaría e influiría en la decisión de la hermana Olvido de unirse a su Congregación. La misma hermana María era dominica, hermana de la Orden de Predicadores, en España. Después de formarse y educarse espiritual y académicamente en la Congregación Dominica de la Anunciación para enseñar a niños y adolescentes, permaneció en la Congregación durante unos 20 años. Durante esos años, como dominica, fue testigo de primera mano de los muchos problemas sociales y morales que se habían desarrollado en esa época entre los niños y adolescentes, especialmente entre las niñas de padres pobres y de clase trabajadora, que no contaban con los medios económicos ni los recursos públicos adecuados. disponible para ellos en su sociedad para ayudarlos, incluida la educación y el cuidado de los niños. En consecuencia, estos padres dejarían a sus hijos e hijas sin supervisión. En estas circunstancias, caminarían por las calles solos o en pequeños grupos. La hermana María del Carmen estaba principalmente preocupada por los problemas que se habían desarrollado entre las niñas debido a la ausencia de dicha supervisión y educación de los padres. Estos problemas para ellos incluían el analfabetismo, la malformación intelectual, la discriminación de género, el abuso del alcohol, la violación, la fornicación y la prostitución. Comenzarían durante su infancia y continuarían durante su adolescencia y edad adulta. Por esta razón, la Hermana María del Carmen finalmente se acercó a sus Superioras Dominicas, pidiéndoles permiso para establecer una congregación o apostolado dominico femenino que se dedicaría a la formación y educación de niñas, mujeres adolescentes y mujeres jóvenes que sufren los problemas que acabamos de mencionar. Ciertamente no tenía la intención de dejar la Orden de Predicadores o de fundar una congregación no dominica, pero después de que sus Superioras Dominicas denegaron su solicitud, ella y tres de sus Hermanas Dominicas de la Anunciación dejaron la Orden en 1892 para establecer una congregación que seria similar a los dominicos. Como resultado, fundaron esta congregación sobre las virtudes dominicas del estudio (a través de la fe y la razón), la contemplación y la acción, y la enseñanza, pero su apostolado estaría especialmente dedicado a formar y educar a las mujeres jóvenes intelectual, espiritual y moralmente. Además, esta congregación también se establecería bajo el patrocinio de la Santísima Virgen María como los Dominicos. De hecho, en su amor por Santo Domingo, el fundador de la Orden de Predicadores, incluía a la familia Dominica, la Hermana María del Carmen y sus Hermanas originalmente nombraron a su congregación en honor al mismo Santo Domingo. Llamaron a esta congregación los Concepcionistas de Santo Domingo, pero este nombre no duraría. Me imagino que las autoridades dominicas en España y Roma se opusieron a este nombre después de que la Hermana María del Carmen y sus Hermanas dejaron formalmente la Orden de Predicadores. En cualquier caso, finalmente nombraron a su Congregación las Hermanas Misioneras de la Concepción y la Educación. Su apostolado finalmente se desarrolló para incluir la formación y educación de niños y adolescentes varones. A través de ese ministerio, salvaron a muchos niños, adolescentes y jóvenes de los problemas sociales y morales de la época. Sobre esta base, desde el principio Sor María del Carmen y sus Hermanas fundaron esta Congregación para enseñar a los jóvenes a vivir virtuosamente como pueblo santo.

     La santa obra de Sor María y sus Hermanas en la fundación de una congregación docente, inspirada en la Orden de Predicadores, para la formación y educación de los jóvenes revela las virtudes que la Hermana Olvido deseaba para sí misma en una congregación de Hermanas. Ante todo, en fidelidad a su congregación, amaba a los jóvenes. El amor que tenía por ellos en su corazón la inspiró a dedicarse a ellos siendo un modelo de santa virtud para ellos como Hermana. Esta fue la misma dedicación amorosa que la fundadora, sor María del Carmen, tuvo por los jóvenes. En segundo lugar, la hermana Olvido practicó su amor por los niños y adolescentes enseñándoles a ser el pueblo santo que Dios creó y redimió. Al hacerlo, los formó espiritual, intelectual y moralmente en fidelidad a la misión de la hermana María para la congregación. Finalmente, la decisión de Sor Olvido de unirse a una congregación mariana de Hermanas revela su amor por la Santísima Virgen María. Para la hermana Olvido, incluida la hermana María del Carmen, los católicos honran a la Inmaculada Madre de Dios amándola como Cristo la ama. Este es un amor mariano que sor Olvido transmitió a sus alumnos, a lo largo de su vida, como hija de María. Sobre esta base, estas tres virtudes serían el criterio principal que la Hermana Olvido usaría para formar un juicio prudencial para convertirse en Hermana Misionera de la Inmaculada Concepción.

     La historia de la hermana Olvido comienza en el norte de España. Nació el 22 de abril de 1938 en el pequeño municipio de Ciadoncha de la provincia de Burgos en la región de Castilla y León. Sus padres, Ireneo y Eliseo, en su amor por Dios, el uno por el otro y por sus cuatro hijos, los criaron fielmente como católicos romanos. En su fidelidad, también los apoyaron como jornaleros agrícolas. La hermana Olvido fue la tercera de los cuatro hijos que tuvieron sus padres. Tenía un gran amor por todos ellos, especialmente por su hermana. Tenían una relación tan amorosa. Desafortunadamente, perdieron a su madre, Eliseo, durante la niñez. Como resultado, ciertamente sufrieron mucho a causa de su muerte, pero en su sufrimiento Dios los bendeciría y consolaría providencialmente, especialmente a través de la santa vocación que sor Olvido recibiría de Dios. De hecho, por la gracia de Dios, ella se convertiría en una madre espiritual para todos ellos en la providencia de Dios. Siendo una niña de 12 años, Sor Olvido, acompañada de su padre, Ireneo, visitó el convento del colegio de las Misioneras de la Inmaculada Concepción en Burgos, España, diciéndoles: “Quiero ser monja. ” Ciertamente ella ya había sabido de ellos. En cierto sentido, solo después de sufrir la muerte de su madre a una edad tan temprana, Dios la ayudó a comprender que solo podía cumplir la felicidad que deseaba en su corazón con una vida de santidad como Hermana.

     En la providencia de Dios, Él llama a los miembros de Su Cuerpo, la Iglesia, a cumplir su llamado a la felicidad mediante varias vocaciones santas en la Iglesia. En efecto, llama a algunos miembros de la Iglesia a la vida de soltero, a otros al matrimonio y aún a otros a la vida religiosa, la virginidad consagrada y el orden sagrado. De hecho, al llamarlos a estas diversas vocaciones en la Iglesia, Dios los llama a ser santos como Él es santo. En las Escrituras, hagiazo significa “santificar” y hagio significa “santo” o “sagrado”. En este sentido, al decir sí a la llamada de Dios a la santidad, las personas se hacen sagradas o sagradas en su vocación, comenzando por el bautismo, por la gracia del Santo de Dios, Jesucristo. En esta santificación, son apartados de los profanos para vivir su vida para Dios en Cristo Jesús. Por esta razón, se les llama hagioi o santos (santos). En la Escritura y la Tradición, esta vida de santidad por sí sola llevará a los miembros de la Iglesia a la felicidad perfecta en el Cielo que desean en sus corazones. Este es un deseo de santidad. En el caso de Sor Olvido, Dios providencialmente la llamó a ser apartada, a ser santa, santa mujer de Dios, a través de su santo deseo de ser monja como Hermana Misionera de la Inmaculada Concepción. Por esta razón, Dios ciertamente la inspiró cuando era niña para ofrecerse plenamente a Él diciéndoles a las Hermanas que quería convertirse en monja en su Congregación.

     Después de presenciar la autenticidad de Sor Olvido, su auténtico deseo por la vida religiosa, como fruto de la gracia de Dios obrando en ella, las Misioneras de la Inmaculada Concepción la aceptaron de buen grado en el convento escolar de Burgos como aspirante el 21 de noviembre de 1950. Este la aspiración fue la primera etapa de su formación como Hermana. Sí, en cierto sentido, dejó atrás a todos los miembros de su familia, pero nunca estuvo realmente sola. Todos la acompañaron en espíritu, a través del amor que le tenían, incluido su padre, sus hermanos, su hermana y especialmente su madre fallecida. Al comenzar esta vida como aspirante, creyó que la Santísima Virgen María, su Madre Inmaculada y Maestra en el Cielo, la estaba guiando y formando providencialmente en Cristo, a través del Espíritu Santo, para ser la Hermana religiosa que Dios creó y redimió. ser. En consecuencia, desde muy temprana edad se consagró plenamente a Cristo, por la Beata María, y permaneció fiel a esa consagración durante toda su vocación. Después de completar esta primera fase de su formación como aspirante, ingresó al postulantado en Marcilla, España el 13 de septiembre de 1954. Esto duró 6 meses hasta el 14 de marzo de 1955. Al día siguiente, el 15 de marzo, inició su noviciado en Marcilla. , y un año después, hizo su primera profesión el 16 de marzo de 1956. En este acto profesó sus votos temporales de pobreza, castidad y obediencia durante 6 años como Hermana de la Congregación de las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción. Durante esos 6 años, estudió en Segovia, España para su formación en Magisterio. Posteriormente, en Madrid, capital de España, completó sus estudios de Canto y Piano. Al final de esta formación inicial, sor Olvido hizo finalmente su profesión perpetua en Madrid el 20 de septiembre de 1961. En este acto de profesión, se consagró perpetuamente a Cristo, por medio de la Virgen María, por los votos de pobreza, castidad y obediencia. de por vida como Hermana Misionera de la Inmaculada Concepción.

     Como Hermana Misionera, tenía que estar preparada para irse de España a un país extranjero si alguna vez recibía tal asignación de sus Superioras. Como resultado, solo un mes y medio después de que sor Olvido hiciera su profesión perpetua en Madrid siendo una joven miembro de su congregación, de solo 24 años, sus Superioras la asignaron a California el 3 de noviembre de 1961. Llegó a principios de 1962. Después de mudarse a California, se inscribió como estudiante de la Universidad Estatal de Fresno y se graduó en Educación, obteniendo sus credenciales en Docencia y una Maestría en Psicología. Esta educación la prepararía para enseñar a niños y adolescentes en California durante años. Permanecería en California 53 años y 8 meses hasta que finalmente regresó a España en junio de 2016 a la edad de 81 años. Durante esos años, la Hermana Olvido vivió en los cuatro conventos que su Congregación tenía en el Centro y Norte de California. Como Hermana, cumplió fiel y gozosamente todas las virtudes de esta vida religiosa conventual, incluso rezar en común la Liturgia de las Horas, participar en la Misa conventual, amar a sus Hermanas como a sí misma en la comunión de la amistad consagrada; practicar el celibato casto, la pobreza y la obediencia; y cumpliendo con prudencia y caridad sus asignaciones canónicas como Secretaria y Madre Superiora en los conventos de su Congregación durante muchos años.

     Estos cuatro conventos, ubicados en Firebaugh, Madera, Clovis y San Francisco, tenían escuelas católicas. A lo largo de su profesión docente, la hermana Olvido educó a sus alumnos en estas escuelas para que fueran maduros como discípulos de Cristo. De hecho, como maestra, tenía el deseo de que se desarrollaran hasta la madurez completa en su discipulado a través de una vida de santidad. En la tradición católica, una vida tan santa para las personas incluye su maduración natural y sobrenatural en Cristo a través de la gracia de Dios. En este sentido, a través de su ministerio de enseñanza, los alumnos de la Hermana Olvido maduraron natural y sobrenaturalmente como santos hijos e hijas de Dios en su discipulado cristiano. Por esta razón, en poco tiempo, se definió a sí misma como una maestra talentosa y dedicada que se preparaba completamente para sus clases todos los días en su deseo de ofrecer a sus alumnos una gran educación que, con suerte, los formaría en santidad por la gracia de Dios. Por un lado, esta educación en santidad que les ofreció implicó enseñarles a usar la razón natural en el estudio de las materias seculares que ella les enseñaba, como ciencias, matemáticas, música, arte, inglés y español. Como tal, a través de su enseñanza, sus alumnos aprendieron a madurar naturalmente como personas racionales. Por otro lado, para sor Olvido, enseñar a sus alumnos a ser santos también supuso formarlos para utilizar la virtud teológica de la fe en el estudio de los temas religiosos que ella les ofrecía, en particular la fe católica y la moral en la Escritura, la Tradición y el Magisterio. Esto incluyó enseñarles sobre la Virgen María, Jesucristo y los sacramentos. Además, en el gran amor que la Hermana desarrolló por la Virgen María, a lo largo de su vida desde la infancia, comunicó regularmente la doctrina mariana a sus alumnos por su piedad mariana. Al hacerlo, plantó semillas en ellos que se desarrollarían en sus corazones para ayudarlos a formarlos como santos hijos e hijas de la Virgen María. Del mismo modo, también educó a sus alumnos sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía mediante su piedad eucarística en la Misa y la Adoración. Aquí les comunicó su primer y mayor amor, Jesucristo. En consecuencia, a través del ministerio de enseñanza de la Hermana en clase y en su piedad, sus estudiantes aprendieron a madurar sobrenaturalmente como un pueblo santo de fe por la gracia de Dios. Aprendieron de ella que así como la gracia perfecciona la naturaleza en general, la fe perfecciona la razón en particular. De hecho, al formarlos intelectualmente en santidad, enseñándoles a usar la razón y la fe en sus estudios, también los formó moralmente como personas virtuosas. Después de todo, en la enseñanza católica, la razón y la fe en el intelecto humano informan las acciones morales de la voluntad humana, particularmente las acciones de amar a Dios y al prójimo. Como maestra, especialmente como mujer religiosa de fe y razón, plenamente dedicada a Dios, la hermana Olvido amaba a Dios como su mayor bien y a sus vecinos como a sí misma, especialmente a sus alumnos, incluidos sus padres y familias. Como resultado, hizo muchos amigos en Firebaugh, Madera, Clovis y San Francisco durante sus casi 54 años en el centro y norte de California. Todos la amaron en vida y ciertamente la amarán para siempre. Sobre esta base, a lo largo de todos sus años en California, la hermana Olvido cumplió su sagrado ministerio en la educación al enseñar a sus alumnos en el aula, pero también se convirtió en maestra para todas las personas de la sociedad secular, especialmente en la Iglesia, a través de su santa vida de virtud. Durante los últimos años de la hermana Olvido en California, incluidos sus últimos cuatro años y medio en España, después de regresar en junio de 2016, sufrió de mala salud y problemas oculares. A pesar de lo difícil que fue para ella, pasó sus últimos meses en paz en la comunidad de las Rozas, Madrid, ofreciendo su gratitud a Dios por la gracia de estar tanto más dedicada a Él, especialmente en la oración, durante su sufrimiento. A medida que su mala salud seguía deteriorándose, quedó postrada en cama para terminar un año difícil de 2020. En consecuencia, finalmente la trasladaron a un hospital en Madrid, pero después de solo 2 días allí, Dios la llamó a Él. Murió el 2 de enero de 2021, el primer sábado del año.

     Al recordar la vida santa de la hermana Olvido, incluidos sus muchos años en California, agradezco a Dios por tenerla como maestra de infancia en la escuela St. Joseph en Firebaugh desde finales de los 70 hasta principios de los 80. Es cierto, nunca la tuve como mi maestra de aula, pero ella me enseñó música durante el primer trimestre de mi quinto año de grado. Durante esos 5 años, además de la Hermana Olvido, también tuve como maestras a la Hermana Cruz, la Hermana Gloria y la Hermana Margarita. La hermana Carmen y la hermana Paulina también vivían en el convento de la escuela St. Joseph. Ciertamente todos habían recibido el don de enseñar de Dios. Este fue un regalo que desarrollaron y perfeccionaron con su educación universitaria y sus años de enseñanza en California. De todos modos, a pesar de lo talentosos y preparados que eran todos como profesores, todavía me costaba aprender de ellos. Esto, por supuesto, no fue culpa de ellos. No me fallaron en su ministerio de enseñanza. Me fallé a mí mismo como estudiante. Les fallé. Yo solo tuve la culpa aquí. No estudié ni me comporté en clase. No tenía deseos de ir a la escuela. No tenía ningún deseo en absoluto de usar la razón o la fe para estudiar y aprender académicamente sobre temas seculares y religiosos. En consecuencia, al no tener deseos de ir a la escuela, me comporté mal como estudiante. De hecho, a menudo abusé verbalmente y desobedecí a mis maestros en clase, especialmente a la hermana Gloria, la hermana Cruz y la hermana Margarita, pero no a la hermana Olvido. A pesar de lo mal que era en clase normalmente, nunca actué mal en la clase de la hermana Olvido. De todos mis maestros en St. Joseph School, ella sola me inspiró a ser bueno en clase, no académicamente por su enseñanza, sino personal o espiritualmente por sus virtudes particulares, especialmente su piedad. Como tal, yo, al menos, me comporté en su clase como estudiante.

     En este sentido, a pesar de lo malo que era en general como estudiante, durante esos años de infancia, ciertamente no era una mala persona. A pesar de todas mis dificultades, la hermana Olvido todavía creía en mí como un hijo de Dios. Ella todavía creía que la bondad de Dios estaba obrando en mí a través del amor que tenía por Dios, por la Santísima María y por el pueblo de Dios. Participaba en la Santa Misa todos los domingos, rezaba regularmente y amaba ayudar a los demás, especialmente a los pobres. De hecho, recuerdo por primera vez que Dios me llamó a ser sacerdote a la edad de 7 años en 1978. Estaba en primer grado en la escuela St. Joseph. La hermana Gloria fue mi maestra ese año. Un día, después de que mi padre, un drogadicto, finalmente nos dejó a mi madre, a mi familia y a mí para siempre, escuché a algunas personas (conocidos en el vecindario, no familiares ni amigos) chismorreando sobre mí, diciendo que algún día terminaría. drogado como mi padre. Ellos basaron esta presunción en los fracasos académicos y conductuales que tuve como estudiante en la escuela St. Joseph. Cuando era niño, que tenía solo 7 años, eso me resultaba difícil de escuchar. Seguía siendo mi papá. Estaba enojado con él, pero lo amaba. En consecuencia, más tarde esa noche, movido por el Espíritu Santo en mi sufrimiento, ofrecí una oración a Dios. Según recuerdo, mi oración incluía mi dolor por el pecado y mi deseo de ayudar a mi padre convirtiéndome en santo en el cielo algún día: “Querido Jesús, lamento mis pecados. Lamento todos mis fracasos en la escuela. Tan pecador como soy, no tengo ningún deseo de convertirme en un adicto a las drogas como mi padre, como dicen algunas personas. Me ofrezco a ti, Señor. Solo deseo llegar a ser grande algún día como santo en el cielo. Con suerte, entonces podré ayudar a mi padre. He escuchado a las Hermanas, especialmente a la Hermana Olvido, hablar sobre la grandeza de los santos, incluyendo las grandes obras que hicieron en esta vida. Espero y ruego, Señor, que algún día me ayudes a ser grande en el cielo “. Inmediatamente después de ofrecer esta oración a Jesús en mi sufrimiento, me dijo: “Sé sacerdote. Algún día cumplirás tu deseo de alcanzar la grandeza en el cielo mediante el sacerdocio “. Al escuchar esto interiormente en mi corazón, recibí el don de las lágrimas del Espíritu Santo. Es cierto, cuando era niño, estaba subdesarrollado académicamente. Tuve dificultades para aprender de las clases teóricas y de la lectura. Sin embargo, ¿significa esto que no estaba dotado ni intelectual ni contemplativamente? Ciertamente no. A menudo levantaba mi mente para contemplar la grandeza de Dios, la Santísima María, los santos y la perfecta felicidad del Cielo, especialmente en tiempos de sufrimiento. ¿No es esto lo que el sufrimiento le hace a menudo al hombre de fe? Ciertamente. En el sufrimiento, a menudo eleva su mente en oración a Dios en contemplación, deseando para sí la grandeza de Dios y del pueblo santo de Dios en la perfecta bienaventuranza del cielo. De hecho, la oración de mi infancia aquí, como supe más tarde, fue realmente un acto intelectual de contemplación en oración, incluida la Palabra que recibí de Dios intelectualmente. Poco tiempo después, todavía con solo 7 años, Dios me inspiró para pedirle a mi abuela materna que me enseñara a rezar el Rosario de Nuestra Señora. Después de la Eucaristía, esta devoción mariana se convertiría en mi mayor práctica espiritual. Como resultado, comencé a rezar el Rosario con regularidad. Por eso, a pesar de lo malo que era yo, en cuanto a conducta y académicamente, como estudiante de la escuela St. Joseph, la hermana Olvido tenía razón. La bondad de Dios estaba obrando en mí a través de mi fe católica. Él estaba trabajando en mí preparándome para ser el hombre que Él creó y redimió para ser. Él solo tendría la última palabra sobre en quién me convertiría en la vida. Él solo, al final, determinaría mi vocación, no los chismes de la gente del barrio.

     Al mismo tiempo, a pesar de todo lo bueno que estaba obrando en mí como católica romana, reprobé el primer grado y no me desarrollé adecuadamente en mis estudios hasta el quinto grado como las Hermanas esperaban. Todavía no había formado el deseo o la virtud de convertirme en un buen estudiante, especialmente no en un salón de clases. En consecuencia, durante el otoño de mi año de quinto grado en 1982, después de determinar que seguiría teniendo dificultades para comportarme y aprender en el entorno de un aula de la escuela St. Joseph, la directora, la hermana Paulina, en su paciencia y misericordia como hija fiel de Dios, recomendé a mi madre y mi abuela la única alternativa que me quedaba en St. Joseph School: clases particulares. Se ofreció a enseñarme en privado en el convento. Mi madre y mi abuela ciertamente apreciaron esta oferta de la hermana Paulina, pero después de mucha oración, decidieron que me inscribirían en la escuela secundaria Firebaugh. Esperaban que los recursos disponibles en la escuela pública eventualmente me ayudaran a desarrollarme académicamente como estudiante. En mi último día en la escuela St. Joseph, todas las hermanas, especialmente la hermana Olvido, me prometieron que orarían por mí. En ese momento, creía que sus oraciones, incluidas las oraciones de mi madre y mi abuela, y otras, algún día me ayudarían a cumplir la obra que Dios había comenzado en mí como católico romano, la obra de convertirme en sacerdote. En la providencia de Dios, todas las oraciones que el pueblo de Dios ofreció por mí, incluidas mis oraciones, eventualmente me llevarían a la Orden de Predicadores, también llamados dominicos, para estudiar para el sacerdocio religioso. Esta es una Orden en la Iglesia fundada por un sacerdote español, Santo Domingo de Guzmán (n. 8 de agosto de 1170 – d. 6 de agosto de 1221), hace unos 800 años en 1216 en el sur de Francia. Como hombre inspirado por Dios, determinó que la misión de la Orden, bajo el patrocinio maternal de Nuestra Señora del Rosario, sería la formación y educación espiritual e intelectual de los hombres como santos frailes y sacerdotes para predicar la Verdad para la salvación. de todas las personas, particularmente los albigenses. En este plan, los frailes desempeñarían el ministerio de la predicación como profesores universitarios, investigadores, autores, ministros de campus y predicadores itinerantes.

     Al contemplar la voluntad de Dios para mí en una vocación, desarrollé tres deseos de virtudes particulares como criterios que me ayudaron a juzgar prudentemente que la Orden de Predicadores era, de hecho, la Orden a la que Dios me estaba llamando a unirme. En primer lugar, formé un santo deseo en mi corazón por leer y estudiar la Verdad (Veritas). La Orden de Predicadores fue la primera Orden de la Iglesia en definir y desarrollar un programa de estudios para los frailes en las universidades a fin de prepararlos para la santa obra de predicar la Verdad. Quería esta Verdad para mí como nunca antes. En segundo lugar, desarrollé el deseo de convertirme en un predicador misionero itinerante como fraile dominico. La virtud del ministerio itinerante, practicado por Santo Domingo, se inspiró en la itinerancia de Jesús como predicador viajero. En el Evangelio, Jesús se mueve de un lugar a otro al predicar la Verdad de la Palabra de Dios a la gente. Este es mi ministerio como predicador itinerante. Finalmente, también me uní a la Orden de Predicadores por el amor que formé en mi corazón por Nuestra Señora del Rosario, a través de los años, rezando su Rosario desde la niñez. Según la Tradición, Santo Domingo fue la primera persona de la Iglesia en recibir el Rosario en una aparición de Nuestra Señora en un bosque cerca de Toulouse, Francia, a principios del siglo XIII. Después de aprender esto hace muchos años, me sentí impulsado a convertirme en hijo de Nuestra Señora del Rosario, un sacerdote mariano, en la Orden de Predicadores. Doy gracias a Dios porque mi madre y mi abuela ayudaron a formar esta piedad mariana en mí desde la niñez. Sobre esta base, mi deseo por la Verdad, mi deseo de ser un predicador itinerante y mi amor por la Beata María ayudaron a formarme en Cristo para convertirme en un fraile dominico. Después de mi ordenación en 2015, después de muchos años de estudio en la Orden de Predicadores, visité a la Hermana Olvido en la Escuela Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en Clovis, California. Cuando me vio como fraile dominico por primera vez, con alegría ofreció su gratitud a Dios por completar la obra santa que había comenzado en mí años antes. Él, en efecto, estuvo obrando en mí desde la niñez, como ella dijo, purificándome y preparándome para mi vocación, a través de mi sufrimiento en Cristo, como hijo de Dios. Después de agradecer a Dios por mi vocación en la Orden de Predicadores, ella procedió a decirme que a pesar de que tuve muchas dificultades académicas y de comportamiento como estudiante de la Escuela St. Joseph, ella todavía creía que Dios estaba obrando en mí durante todos esos años. . Me dijo que Dios tenía un plan para mí, pero este plan solo se cumplió porque le dije que sí, tal como ella lo hizo hace años como Hermana de la Inmaculada Concepción. En la providencia de Dios, durante los 37 años que las Hermanas trabajaron en la escuela St. Joseph, yo fui, por la misericordia de Dios, solo el segundo estudiante ordenado al sacerdocio católico romano, después de Tony Monreal, pero el primer fraile de la Orden de predicadores. Doy gracias a Dios por mi vocación. Le agradezco por sanar misericordiosamente a mi padre en Cristo. Le agradezco por inspirar a Su pueblo a ofrecer misericordiosamente oraciones en mi nombre en su amor por mí, especialmente las oraciones de mi familia, mis amigos y todas las Hermanas, en particular la Hermana Olvido. ¡Gracias hermana! ¡Que descanse en la paz del amor de Cristo!

En Cristo con la Virgen María,

Fray Mariano D. Veliz, O.P.

     After commemorating the passion, death and resurrection of Jesus Christ during the Holy Triduum, the Roman Catholic Church celebrated the Sunday of Divine Mercy last Sunday, April 24th, in her Liturgy.  In doing so, she teaches her members, all Catholics, that God’s offer of divine mercy to human beings in the person of Jesus Christ, the Son of God, includes His passion, His death and His resurrection.  For this reason, the Church’s celebration of Divine Mercy Sunday cannot be reduced merely to the passion, or to the death, or to the resurrection of Christ.  After all, Christ does not just suffer or die for human beings; and He is certainly not just raised to the life of glory for them either.  On the contrary, He fully offers Himself to God the Father in His passion, death and resurrection for human beings.  As such, in this complete offering of Himself to God, Christ offers God’s grace of salvation to them.  This is a grace they certainly do not deserve, but a grace He still mercifully offers to them.  In this act, He conforms them spiritually and physically to Himself, after His image, as the Crucified and Risen Lord. On this basis, in the Church’s celebration of Divine Mercy Sunday, she fully commemorates the passion, death, and resurrection of the Son of God, Jesus Christ.

     For the Church, this celebration of Divine Mercy Sunday involves, first of all, commemorating Christ’s sacrificial offering of Himself to God the Father in His passion and death to save human beings from sin and their punishment for sin.  After all, by sin, particularly the original sin of Adam and Eve and mortal sin, people justly incur not only the moral guilt for sin, but also the debt of eternal punishment for such sin, for here they act against the order of God’s divine justice.  This divine order requires, in justice, that human beings offer to God the honor due Him by good or virtuous actions.  Consequently, by sinning against God, they unjustly deny God this honor.  In fact, after the first human beings, Adam and Eve, first deny God this honor due Him by sinning against Him, their descendants do the same.  They do this either directly or indirectly.  On the one hand, they directly deny God the honor due Him in justice by failing to love Him as their First and Greatest Good, by failing to worship Him daily, especially at Holy Mass on Sundays, by offering false worship to idols, and by using His Holy Name in vain.  On the other hand, they also deny God the honor due Him, indirectly, by failing to love their neighbors virtuously or chastely, by dressing immodestly, by abusing alcohol or drugs, and by using profanity.  In this direct and indirect denial of God’s honor, through sin, by human beings, they introduce an inequality of actions in the order of God’s divine justice.  This means that the evil action, the sin, they introduce in this divine order is unequal to the good action required, in justice, to honor God.  For this reason, they can only restore equality in the order of justice by paying to God, the Just Judge, a penalty of compensation for sin through a good action, for such an action is, at least, equal in goodness to an action that honors God. 

     In Catholic Teaching, this compensatory payment of the penalty for sin is called satisfaction.  In St. Thomas’ doctrine of satisfaction, he recalls the general principle that a human being, a just man, can satisfy for the sin of his neighbor, his brother or sister, if he remains in a state of charity, but he cannot satisfy for all human beings because the action of a single human being, a mere creature, as good as he may be, does not have the full value of all the people in the human race.  On the other hand, the action of Christ has a value that could fully satisfy for the sins of all people, particularly the sin of Adam and Eve and all mortal sins, by reason of His divine dignity as the Son of God.  In fact, here the action of Christ, the Son of God who has become the Son of man, has a divine goodness infinitely greater in efficacy than the goodness of all the members of the human race.  Accordingly, He alone, by His dignity as the God-man, could offer infinite satisfaction for the guilt and debt of punishment for all the sins of human beings in human history.  In this sense, in offering such satisfaction for all human beings, Christ does not merely offer to God a good action equal in goodness to some action that honors God, as divine justice requires.  On the contrary, by His divine dignity, Christ offers to God the perfect action, the perfect sacrifice, infinitely greater than the requirements of justice, for He acts by a higher principle, divine charity, to satisfy for sin perfectly through His passion and death.  In this perfect sacrifice, the perfect act of love, Jesus obeys His Father’s will to voluntarily suffer and die for human beings as satisfactory payment for their guilt and punishment for sin, because of His love.  Indeed, in obedience to His Father, He offers Himself sacrificially as satisfaction for them, principally because He loves His Father as His First and Greatest Good, and secondarily, because He loves His neighbors, all human beings, as Himself.  On this basis, He satisfies this compensatory penalty, required by God’s divine justice, through an act of divine love, the greatest act of love He could ever offer to His Father for human beings.  As He says in the Gospel, He could offer no greater love for His friends than to offer Himself as a sacrifice for them.

     According to the Fathers of the Church, in this sacrificial love, the perfect love that satisfies for the guilt and punishment for sin, Christ uses His humanity as an instrument of His divinity to merit the grace of justification that spiritually purifies and sanctifies human beings in their souls.  This involves meriting for them, by His passion and death, God’s forgiveness and reconciliation.  Indeed, He forgives them for their sins and reconciles them to God in the communion of God’s friendship.  In doing so, He removes their spiritual defects of sin that separate them from God.  These defects include, first and foremost, the stain of original sin, the moral guilt for mortal sin, and the debt of eternal punishment for these sins.  The Church teaches that people stained in their soul by original and mortal sin, including the eternal debt, are spiritually dead.  Yes, they are alive physically, but they are dead in their soul, spiritually.  After all, in this dead state, they do not have the supernatural life-principle of their soul, the grace of God.  Accordingly, by meriting God’s grace for them in His passion and death, Christ raises them up interiorly to a life of holiness by the spiritual resurrection of their soul.  In this sense, here their soul is not dead anymore, but alive supernaturally.  This means that by His meritorious grace, Christ spiritually conforms them to Himself, to His holy life, for He recreates them in His divine image as holy sons and daughters of God by the Holy Spirit.  For this reason, this sacred dignity, the dignity they receive as sanctified sons and daughters of God, after the image of Christ, prepares them for the life of glory.  Thus, Christ’s perfect sacrifice of love merits God’s grace of salvation for all human beings spiritually.

     Secondly, the Church’s celebration of Divine Mercy Sunday also involves commemorating Christ’s sacrifice to save human beings from bodily death.  In this sacrificial offering of Himself, this meritorious act of love, Jesus, the Lamb of God, suffers the death penalty, the bodily punishment for sin, required by divine justice, that satisfies the penal debt of death for all people.  This is the debt of punishment, incurred by the sin of Adam and Eve, that subjected them, including their descendants, to the sentence of bodily death.  In this sense, death, a defect of sin, is a punishment for sin in the body.  As such, by His sacrificial death, Christ offers to God the honor due Him by a good, meritorious action that satisfactorily compensates Him for the evil action of Adam and Eve, their deadly act, that required all people to die.  In doing so, He restores equality in the order of God’s divine justice, for this sacrifice fully satisfies for the payment of the debt of this death penalty.  According to St. Thomas, because Christ’s action here, meaning His sacrificial death, has an infinitely great value, by virtue of His divine dignity, He alone meritoriously satisfies this debt, the death penalty, for all people.  Indeed, He more than fulfills this requirement of God’s divine justice by an act of divine love.  In this meritorious act of satisfaction, the perfect act of love, He suffers the bodily punishment of death that pays the debt on behalf of all people, because He loves them.  As a result, He saves them from death, particularly from the unholy death of Adam and Eve.  This means that by the grace He merits for them through His death, they still die, but their death becomes a holy participation in the sacrificial death of Christ.  On this basis, here Christ really does end the unholy, bodily death of all human beings by His holy death on the cross.

     Finally, in the Church’s celebration of Divine Mercy Sunday, she also commemorates Christ’s bodily resurrection from the dead to the life of glory.  This means that if He does not die, if He does not offer Himself sacrificially to the Father by His death, He will not be raised from the dead to the life of glory by the Father through the Holy Spirit.  As such, His glorious resurrection from the dead is the fruit of God’s grace for suffering His passion and death faithfully.  For St. Thomas, this resurrection to glory by Christ is the cause of the glorious resurrection of all the just or righteous people of God.  At the same time, they will only be raised physically from the dead to a life of glory on the Last Day, the Day of General Judgment.  Here they will finally be fully conformed in their body to the glorious image of the bodily resurrection of Christ.

     As I have said in this article, the Church’s celebration of Divine Mercy Sunday, in fidelity to God’s plan of divine mercy to save human beings, involves fully commemorating the passion, death and resurrection of Jesus Christ, just as the Church does during the Holy Triduum.  In this sense, the divine mercy of God, fulfilled in the person of Jesus Christ, through His passion, death, and resurrection, as commemorated during the Holy Triduum, informs the Church’s celebration of Divine Mercy Sunday.  As merciful as this divine plan of salvation is for human beings in Christ Jesus, and as faithful as the Church is in celebrating Divine Mercy Sunday, people in society still question God’s divine mercy.  In doing so, they claim that God, in a sense, abandons human beings mercilessly, at least temporarily, in their sufferings, by punishing them for their sins, both spiritually and physically.  First of all, they argue that God abandons them by sentencing them to the penalty of spiritual death after they sin against Him through original and mortal sin.  In this spiritual death sentence, they die spiritually in their souls through the stains of original sin and mortal sin, including the debt of eternal punishment, for these sins.  Secondly, people also claim that God abandons human beings by sentencing them to the penalty of bodily death as punishment for sin. In this physical death sentence, they die physically in their bodies, not immediately, but eventually.  According to them, a merciful God would not abandon them to bodily death.  For this reason, they use these punishments for sin to argue against God’s divine mercy for human beings. Consequently, for them, God, in a sense, abandons people mercilessly, at least for a time, by punishing them spiritually and physically for their sins. 

     In their desire to develop their argument against the divine mercy of God, they consider the question that Jesus asks God the Father from the cross, right before He dies, “My God, my God, why have you abandoned me?” This is the same question that people have asked God through the centuries.  They have included people from the first century who questioned God’s divine mercy.  In fact, in the Gospels, St. Peter, the apostle, after hearing Jesus’ prophecy during His ministry that He would have to suffer, die and be raised from the dead to fulfill God’s plan of divine mercy for human beings, St. Peter questions this plan by arguing that God would never subject Jesus to such a plan, suggesting that this would not be merciful by God.  After the passion and death of Jesus, St. Peter certainly learns about Jesus feeling abandoned by God on the cross.  Similarly, in the Gospel reading for Divine Mercy Sunday, St. Thomas, the apostle, questions the mercy of God, especially in the aftermath of Christ’s passion and death. He also learns about Jesus questioning God for abandoning Him on the cross.  Consequently, he, himself, questions God’s plan of divine mercy in the person of Jesus Christ by arguing that he will not believe unless God reveals to him the Crucified and Risen Christ alive firsthand.  This questioning of God’s divine mercy by people in the first century, particularly by Saints Peter and Thomas, is also a question that can be heard from people in society today, especially after considering Christ’s question to God the Father from the cross, “My God, my God, why have you abandoned me?”  Why have you abandoned me in my sufferings?  According to the people who question the divine mercy of God, here Jesus seems to be saying that His Father has failed to offer Him mercy by abandoning Him, by leaving Him all by Himself in His passion, especially on the cross.  After all, the act of abandoning someone, in a sense, means failing to be there for him, failing to guard or save him from his suffering.  Consequently, people claim that from the cross Jesus tells God that He has failed to offer Him mercy as a merciful Father by abandoning Him in His passion and death.  On this basis, people in human society, from the first century to the present day, have argued that Jesus’ question from the cross reveals that He believes that God is a failure as a Father, for He fails to offer Him mercy in His suffering, by abandoning Him.  Here they have also questioned if a merciful Father would really sentence His Son to such a merciless spiritual and physical punishment by subjecting Him to His passion and death.  This is the same question they have about the God of mercy punishing people mercilessly for their sins, both spiritually and physically, by sentencing them to spiritual and physical death.

     All the same, these arguments by people, against the divine mercy of God, are false.  In the first place, they have argued, falsely, that God the Father fails to be merciful to His Son, Jesus, by failing to guard Him or save Him from His suffering and death.  Their false argument, of course, is informed, badly informed, by their false understanding of Jesus’ question to His Father from the cross.  By questioning His Father, “My God, my God, why have you abandoned me?”, Jesus is only quoting the first verse of Psalm 22.  This Psalm is David’s prayer of faith that the innocent man, as difficult as his sufferings may be, will still receive salvation from God as an act God’s divine mercy.  Here David describes this innocent man as a suffering servant of God, a Messiah.  This is the same image of the Messiah that Isaiah later develops in chapters 52 and 53, the image of the Messiah as an innocent suffering servant of God.  In doing so, he was certainly informed by David’s image of the Messiah in Psalm 22.  For this reason, after reading this Psalm from David, Isaiah develops a fuller or more complete image of the Messiah as the Lord’s suffering servant.  In developing this image first, David believes and proclaims that the suffering servant of the Lord, in his faithfulness to God, will receive victory from God, but only through suffering.  In this sense, God’s servant, the Messiah of God’s people, will have no victory from God unless he suffers faithfully as God wills.  Accordingly, for David, God does not fail the innocent suffering servant in Psalm 22.  On the contrary, by His divine mercy, God offers him grace in his suffering that will lead him to the victory of salvation.  In fact, reading Psalm 22 completely, through verse 32, not just the first verse quoted by Jesus on the cross, reveals this victory that He will receive from God as His suffering servant.  As such, by quoting the first verse of Psalm 22, as He suffers faithfully on the cross, Jesus is really proclaiming all of Psalm 22, the full meaning of this Psalm, especially the victory.  In doing so, He is saying that He Himself is God’s suffering servant, prophesied by David and Isaiah in Scripture, who will receive salvation from God by His passion and death.  At the same time, this suffering servant will not just receive victory for himself from God through His passion and death.  On the contrary, His victory will be for all human beings.  For this reason, according to Isaiah, the passion and death of the suffering servant, the Messiah, as a compensatory payment of the penalty for sin, meritoriously atones or satisfies for the sins of all people for their salvation, as required by the divine justice of God.  This understanding of Jesus’ passion and death on the cross is faithful to the principle of the unity of the Scriptures.  This means that human beings can only really understand Jesus’ question from the cross, as He suffers, and finally dies, by fully understanding all the Scriptures, particularly those Scriptures that concern the suffering servant of God in the Psalms, in Isaiah and in the Gospels. 

     Secondly, the claim by people that God fails to be merciful to human beings because He punishes them for sin, as God’s divine justice requires, is also false.  They are, once again, informed by their false understanding as to the true meaning of divine mercy, particularly in relationship to God’s divine justice.  As such, they argue that God’s mercy has no relationship to justice.  As a result, in their denial of this relationship, they separate God’s mercy from God’s justice, thereby deforming and falsifying the true meaning of the mercy of God.  According to St. Thomas, all the divine attributes, including the divine mercy and justice of God, are identical to God Himself. Moreover, these divine attributes are also identical to God’s divine nature or essence, just as God is.  This means that God is essentially justice and mercy.  For this reason, as divine attributes of God, justice and mercy cannot be separated, for they are naturally or essentially the identity of God Himself from all eternity.  In this sense, God is, by nature or essence, divine justice and divine mercy.  He does not change in Himself.  On the contrary, He remains the same forever in His divine dignity. On this basis, He is not nor can He become a God of mercy separated from divine justice.

     Accordingly, in God’s plan of salvation, He acts mercifully and justly to save human beings.  In fact, in this plan, as God acts in creation for human salvation, His divine mercy is said to be the origin or source of His justice.  On this subject, St. Thomas teaches that the justice of God proceeds from the mercy of God, as an effect proceeds from a cause.  As such, he calls justice a fruit of mercy.  In this sense, in God’s mercy, He justly punishes human beings for sinning against Him, firstly, Adam and Ave, and secondly, their human descendants. Indeed, He sentences them to spiritual and bodily death for original and mortal sin, including the debt of eternal punishment for sin.  In doing so, He certainly does not desire their eternal death.  He has no desire for them to remain dead spiritually and physically for all eternity.  On the contrary, He desires their eternal salvation.  In this sense, by punishing them justly for their sins, God desires them to be moved or inspired, by their sufferings.  According to Scripture and Tradition, including St. Thomas, in disciplining people justly for their sins, God sends sufferings to them as penances to help them humbly open their hearts to fully understand that they have acted unjustly by sinning against Him.  The more they deny God the honor due Him by sinning, the more they will suffer.  Only by fully understanding that they have sinned against the just honor of God can they receive the contrition that will prepare them for the Sacrament of Confession.  This contrition will certainly move them to confess their sins in this Sacrament, eventually.  In this good act that honors God, their confession, they merit to receive a participation in the grace that Jesus Christ merited for them by His satisfactory passion and death.  This grace includes God’s forgiveness and reconciliation.  For this reason, as a fruit of divine mercy, the justice of God, including His just punishments for sin, move or inspire human beings, particularly Roman Catholics, to open their hearts to receive the mercy of God in the Sacrament of Confession.  In doing so, they are spiritually raised up to the life of grace, after the image of the Crucified and Risen Christ, to fully participate in God’s plan of salvation.  In this spiritual state of grace, they can merit a greater conformity to Christ daily by their voluntary, meritorious penances and sufferings for others, by virtue of the infinite merits of Christ’s sacrifice.

     In conclusion, in this article, I have, first of all, argued that the Church’s celebration of Divine Mercy Sunday includes fully commemorating the passion, death and resurrection of Jesus Christ, as the Church does during the Holy Triduum.  For this reason, this celebration of Divine Mercy Sunday cannot be reduced merely to the passion, or to the death, or to the resurrection of Christ.  Secondly, I have argued that mercy requires justice against the false claim that only mercy is required.  Only by fulfilling the requirements of God’s divine justice in His passion and death does Jesus Christ merit God’s divine mercy for all human beings.  Indeed, He satisfies for sin as required by the divine justice of God, but because He offers this satisfaction by an act of divine love, far above the requirements of justice, He acts especially merciful.  Consequently, if there is no justice, there is no mercy.  Thirdly, I argue against the false claims by people that God fails as a Father to Jesus by abandoning Him mercilessly on the cross.  In doing so, I offer a proper understanding of Psalm 22 and Isaiah to help people understand the meaning of Jesus’ question to His Father from the cross.  Finally, I also address the false argument by people in society that God punishes human beings mercilessly for their sins.  I hope and pray you had a fruitful time learning about the divine justice and mercy of God.

In Christ with Blessed Mary,

Friar Mariano D. Veliz, O.P.

     In the Gospel reading for Easter Sunday (Jn 20:1-9), the Evangelist, St. John, describes a race involving certain disciples of Jesus after they learn about the empty tomb.  First, after finding Jesus’ tomb empty early Sunday morning, Mary Magdalene, a disciple of Jesus, runs, as if she is in a race to be the first disciple to tell Peter and John about not finding the body of Jesus in the tomb.  After receiving this message from her, they also run to Jesus’ tomb, as if they are racing each other.  According to the Gospel reading, John reaches the tomb first because he runs faster than Peter, but he does not enter the tomb.  He initially remains outside at the entrance of the tomb from where he can still see the burial cloths that Mary, the Mother of Jesus, and the disciples had used to cover the body of Jesus when they prepared His body for burial in the tomb.  After Peter finally reaches the tomb, he enters first, finding only the burial cloths for Jesus’ body and the cloth for His head rolled up separately in the tomb.  In St. John’s Gospel, this race to Jesus’ tomb by the disciples, particularly after they do not find the body of Jesus there, prepares them to receive faith in the Risen Christ.  In fact, the final passages in Sunday’s Gospel reading, verses 8 and 9, suggest that not only John, the Evangelist, but also Peter, after running to Jesus’ tomb and finding only His burial cloths, begin to believe in a mystery they do not understand.  They are not ready to understand because Jesus has still not directly and fully revealed Himself to them after His resurrection.  For them, the revelation that Jesus may be alive is only indirect and partial through the finding of the burial cloths in the empty tomb.  Accordingly, the race leading the disciples to this finding in the empty tomb will prepare them to have faith in the Risen Christ. 

     Similarly, in St. Paul’s First Letter to the Corinthians (9:24-25), he describes the disciples of Jesus, all Christians, metaphorically as runners in a race.  He says that just as the runners in a stadium all practice discipline in running the race to win a perishable crown, the disciples of Jesus are also called to be disciplined as they run the race to win, not a perishable, but an imperishable crown.  As such, for St. Paul, the disciples cannot win this crown if they are not disciplined by running the race daily.  In this sense, in this life, they are called to be runners in the race each and every day that they may win the imperishable crown. For this reason, the Gospel reading suggests that running the race to the tomb, and finding only Jesus’ burial cloths, prepares the disciples to win an imperishable crown.  This is a race that they will have to run throughout their life.  According to St. Paul, the disciples of Jesus, as runners in the race, first receive this imperishable crown as a grace they merit interiorly in this life through the discipline of virtue, particularly through love.  This love alone will lead them to the imperishable crown of glory in Heaven someday.

     For the disciples, running in the race, the race to Jesus’ tomb, means they love Jesus.  Indeed, here running is an act of love.  They would not be running to His tomb, hoping to find Him, if they did not first love Him. After all, human beings only run after someone, only desire someone, they love.  The same is true for the disciples.  In running after Jesus spiritually, as runners in a race, they desire to find Jesus’ body in the tomb, because they love Him.  In fact, their love for Him inspires them to run after Him.  True, they do not find Him in the tomb, but they certainly find Him in their hearts through love.  For this reason, this love they have for Him in their hearts prepares them to receive faith in His resurrection.  If they did not first love Him, if they did not first run after Him, as if in a race, they would not have been prepared to believe His revelation to them, the revelation that He is not dead, but fully alive.  Accordingly, the disciples’ love for Jesus prepared them to have faith in Him as the Risen Christ. 

     In all four Gospels, the Evangelists recall that Mary Magdalene, Peter, and John all became disciples of Jesus because they loved Him. Indeed, after receiving their calling to discipleship from Him, their love for Him moved them to run after Him, spiritually, as His disciples.  Henceforth, this is the race they would run in life, the race to Jesus.  First of all, after John received his calling from Jesus to be a disciple of His, and said yes to Him, as an act of love, he would become the beloved apostle, the apostle who had the fortitude to love Jesus faithfully during His passion, particularly as Jesus was suffering on the cross.  Only John’s love for Jesus moved him to remain there until He died.  Secondly, after Peter said yes to Jesus’ call to discipleship by an act of love, he would be named the chief apostle by Jesus.  In this ministry of the chief apostle, Jesus called Peter to love Him as no other apostle by pastoring all the apostles, including all God’s people, as a loving shepherd.  As you may remember, in the Gospel Jesus identifies Himself in all human beings, especially in the suffering members of His people.  For this reason, He tells His disciples that by loving the poor, the ill, the orphan, the elderly, and the widow, they are really loving Him.  This is especially true of Peter, for he alone was the apostle called by Jesus to be the chief shepherd of God’s people, the first pope, who would faithfully love them by shepherding them to holiness.  Finally, Mary Magdalene received her calling from Jesus to be His disciple, and said yes to Him, as an act of love, only after He had saved her from her spiritual slavery to demons, for she had become demonically possessed for a time, through a sinful life, according to the Evangelists.  As a result, she is called the penitent woman who loved Jesus much because she received much from Him.  Indeed, He forgave her for her many sins.  For this reason, in her love for Jesus, after receiving her healing from Him, she would become a member of a group of women disciples who traveled to wherever Jesus preached and ministered to the people of God to help Him materially from their resources as a ministry of charity.  On this basis, after receiving their calling from Jesus, all three disciples here certainly loved Jesus during their life by running after Him.  As such, after His death and burial, they all ran to His tomb, hoping to find Him, because they loved Him.

     Still, Peter, John and Mary Magdalene could only love Jesus because He loved them first.  He revealed this love for them by becoming man, by mercifully calling them to discipleship, and especially by suffering and dying for them on the cross for their salvation. In doing so, He loved them in all their sinfulness as human beings, before they ever loved Him. In fact, as many times in their life as they may have sinned, as badly as they may have sinned, Jesus was there for them, before anyone else, because He loved them.

     The message here is that the love that Peter, John and Mary Magdalene offered to Jesus as His disciples, after they had first received His love, prepared them to become believers and preachers of the Risen Christ. In particular, Mary Magdalene, according to St. John’s Gospel, was not just the first disciple of Jesus to learn about the empty tomb. In fact, she was also the first disciple in St. John’s Gospel that Jesus appeared to as the Risen Christ. At the same time, this was a gradual process. She first learned only indirectly and implicitly that Jesus could be alive by finding the empty tomb. Later, He revealed Himself directly and fully to her in His first appearance to her as the Risen Christ. For this reason, she fully believed that He was alive, not dead. In this first appearance, He commissioned her, a woman of faith, to be an apostle, by sending her to His brother apostles, including to Peter and John, as a preacher of the Easter message. This was the message that He was, indeed, raised from the dead, after three days, just as He had prophesied to His disciples during His ministry.  Mary Magdalene certainly would not have received this Easter faith in the Risen Christ if she had not first loved Jesus.  This love she had for Jesus opened her heart to believe and proclaim this article of faith. 

     The question I have for you is this: Will you open your heart fully to the love of Jesus that you may not just believe in the Risen Christ, but also proclaim Him to others, just as Mary Magdalene did as a faithful disciple of Jesus?  She ran the race to win the imperishable crown of grace and glory as a believer and preacher of the Easter faith.  Will you do the same?

In Christ with Blessed Mary,

Friar Mariano D. Veliz, O.P.

     Today, on Good Friday, the day of Christ’s sacrificial act of love on the cross, He offers human beings a model of perfect love. In doing so, He calls them to have the same perfect love. In fact, in His preaching, He proclaims to the people in His day, particularly to the men He called to Himself, that they could only be perfect as such by becoming His disciples.  For this reason, He tells them that in this discipleship, they are called to be perfect, just as their Heavenly Father is perfect.  According to Him, this call to perfection alone will lead them to true happiness as His disciples. At the same time, they can only be perfect, just as their Heavenly Father is perfect, by learning such perfection from their Master, Jesus Christ, the perfect image of the Father.

     At first, this call to perfection, for the disciples, may have seemed completely unreasonable to them, and to the people of God in the first century, especially to their families and friends.  After all, in all four Gospels, they are described by the Evangelists as imperfect human beings, as sinners, who eventually abandon their shepherd, Jesus Christ, during His passion. In fact, in today’s reading for Good Friday from St. John’s Gospel, the Evangelist recalls the sinfulness of the chief apostle, Peter, and the treasurer, Judas Iscariot.  According to St. John, they both fail to love Jesus by sinning against Him during His passion. 

     On the one hand, Peter tells Jesus, multiple times, as the chief apostle, that he would remain faithful to Jesus, even die for Him, but he eventually denies Jesus three times during His passion.  In doing so, he denies that he is a friend or disciple of Jesus.  In this denial, he sins against the love of Jesus through the passion of fear.  Indeed, Peter sins here because, in his human fragility, he is afraid for his life.  He is afraid that the persecutors of Jesus will persecute him if he says he is a friend or disciple of Jesus.  Consequently, moved by fear, Peter does not have the fortitude to love Jesus publically or openly, before others, during His passion.  He denies Him.  As such, in the Gospels, the Evangelists rightly describe Peter as a man who suffers from fear, especially during the passion of Jesus, as recounted in St. John’s Gospel today.  At the same time, as bad as Peter’s denial of Jesus is, considering he was called by Jesus to be the chief apostle, the leader of the other apostles, Peter will learn from his failure.  If he is the leader, the chief apostle, who can fall but can also learn from falling, to be perfect just as His Heavenly Father is perfect, then all the apostles can do the same.  This is a message of hope that he offers to them, really to everyone. In this sense, as a sinner, as a sinful leader, he becomes a model of redemption for the apostles, for all Christians, by learning from his fall that he can rise up again not just by repenting, but by saying yes to his call to perfection in this life. 

     On the other hand, Judas, in his betrayal of Jesus during the passion, sins against Him through malice because of greed.  Indeed, he fully intends to betray Jesus for the right price by having Him arrested by the chief priests and Pharisees.  As a result, after telling them about his proposal for such a betrayal, and the payment he would require from them, they pay him thirty pieces of silver.  For this reason, in St. John’s Gospel today, the Evangelist describes Judas leading armed guards and soldiers from the chief priests and Pharisees to arrest Jesus in the Garden of Gethsemane.  He fully plans and premeditates this act of betrayal because of his greed.  The Evangelists recall that Judas, in his greed, would steal donations from the collection bag that Jesus and the disciples would receive from people.  As treasurer of the group, this was easy for him to do.  After all, he held the money bag and would help himself to the proceeds.  Consequently, this greed leads Judas to sin maliciously against the love of Jesus by a planned act of betrayal.  The problem is that after Judas repents for sinning against Jesus, he does not learn.  He decides that he has no desire or will to rise up, as Peter did, after his fall.  On the contrary, he, once again, says no to the call to perfection, but this time by the act of suicide.

     In the teaching of St. Thomas, grace is said to perfect the nature of man.  In the case of Peter, after falling, he opened his heart to be perfected as man by the grace of God by saying yes to his call to be perfect, just as the Heavenly Father is perfect.  This is the petrine model of discipleship, meaning a disciple can fall, but he can also rise to perfection, just as Peter did.  Judas, on the other hand, did not open himself to God’s grace to be perfected as man.  He decided to remain in sin after falling in sin.  In doing so, he became a model not for the disciples of Jesus, but for sinners, for sinners who do not desire perfection.

     After Peter rises to the call to be perfect by the grace of God, he opens his heart to learn from Jesus, the perfect image of the Father, by contemplating His life, His preaching, and His virtue, especially during His passion.  In doing so, he develops a true understanding of Jesus’ call to perfection.  In particular, he begins to understand that he can only fulfill this calling by maturing as a disciple through the grace of God.  In this understanding, Jesus’ call to be perfect really means to become perfect, to mature to perfection as a disciple.  In this sense, becoming perfect in discipleship does not mean reaching full or final perfection in this life as a disciple, but maturing to final perfection in Heaven.  Only in Heaven does the disciple become fully perfected.  In this life, his perfection involves saying yes to his perfectibility as a disciple that he may someday be fully perfected after the perfect image of the Father, Jesus Christ.  In fact, just as Jesus matured as man to perfect adulthood, as the Gospels recount, the disciples are called to do the same.  For this reason, in His sayings, parables, and stories, Jesus regularly uses images or truths from nature, agriculture, commerce and family life to teach His disciples that they are called to mature to perfection, not in a single moment or in a single day, but gradually throughout their life in preparation for Heaven.  In the petrine model of discipleship, the model inspired by Jesus, a disciple can certainly fall daily, but he can also rise daily.  After all, in the Old Testament, the just or righteous man of God is said to rise seven times daily after falling as many times in a day.

     In considering this call to perfection, St. Thomas, in his Treatise on the Perfection of the Spiritual Life, teaches that love is at the heart of Jesus’ message to His disciples about becoming perfect as the Heavenly Father is perfect.  Specifically, according to St. Thomas, spiritual perfection for the disciples involves maturing to perfection in love.  The disciples, of course, have Jesus as their perfect model of such love.  Jesus Himself says that there is no greater love they can have than to offer their life for their friends.  In the first place, He offers His life to the Father in fidelity to His Divine Filial Friendship to the Father.  In His agony in the Garden, Jesus says to His Father, “Let this cup pass from me, but not my will.  Your will be done.”  Archbishop Fulton J. Sheen teaches that this offering of the life of Jesus begins at His conception as man but culminates at His passion, for Jesus was conceived and born to offer the greatest act of love to the Father by suffering His passion on Good Friday.  In doing so, St. Thomas says that Jesus fulfills the Shema perfectly, for He loves God the Father as His First and Greatest love unto death.  For the disciples, maturation in this love for God lasts a lifetime.  Secondly, for St. Thomas, the perfection of the disciples in love also involves loving their neighbors as themselves.  Jesus models this love perfectly for them by suffering His passion and death for their salvation.  Indeed, He loves them by the perfect sacrifice as His Father wills.  According to St. Thomas, maturation in this love of neighbor for the disciples involves four degrees of perfection. These four degrees of perfection in love refer to them maturing in their love for four groups or classes of people, as recounted in the Gospel teaching of Jesus. Accordingly, the disciples are first called to learn to love their family members, especially their parents, at home. Later, as they mature, they learn to love certain people as friends.  Thirdly, they develop a love for people suffering in society, including the poor, the homeless, the widow, the orphan, and the ill.  Finally, they mature to the highest degree of the love of neighbor by learning to love their enemies.  In St. Thomas’ Treatise, he says that Jesus perfectly fulfills these four degrees of perfection in loving neighbor.  As such, for the disciples, saying yes to Jesus’ call to be perfect, just as their Heavenly Father is perfect, means not only maturing to perfection in their love for God, but also learning to image Jesus’ love for everyone.  On this basis, on Good Friday, the day of perfect love, Jesus offers the perfect and greatest act of love for God and neighbor by His suffering and death on the cross.

In Christ with Blessed Mary,

Friar Mariano D. Veliz, O.P.

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